domingo, 20 de agosto de 2017

EL DISCURSO DEL LÍDER

EL DISCURSO DEL LÍDER
Alfonso López Quintás
El arte de expresarse de modo persuasivo
Cada una de las actividades propias del líder tiene sus reglas propias, que conviene no desatender. Por lo que toca a las reglas de la comunicación, disponemos actualmente de libros de estilo que las exponen certeramente y ofrecen claves para aplicarlas en la práctica (19) . Me limitaré, por ello, a hacer algunas precisiones -a mi entender, muy eficaces- sobre la didáctica de la comunicación.

1. La corrección estilística y la precisión de conceptos. Para expresar el pensamiento de forma clara y persuasiva, es necesario redactar con precisión. Si a ello se une cierta elegancia de estilo, los conceptos expresados ganan un peculiar atractivo.

2. La articulación interna de una conferencia y de un artículo. Una conferencia debe seguir un ritmo distinto al de un artículo periodístico o una crónica. En éstos suele indicarse al principio lo más llamativo, a fin de que el apresurado lector prenda la atención y prosiga la lectura. Los conferenciantes, por su parte, comienzan a hablar con la seguridad de que los oyentes seguirán el hilo del discurso hasta el final. Esto les permite plantear el tema serenamente y desarrollarlo de tal modo que vaya adquiriendo una creciente complejidad e interés, al modo como sucede en las composiciones musicales barrocas, que en los últimos compases intensifican su expresividad de forma emotiva.

3. El discurso debe ser configurado de modo sugestivo. Este efecto se logra si se cumplen las siguientes condiciones:
a) El tema escogido ha de estar vinculado en alguna medida a las preocupaciones del público al que uno se dirige, de forma que cada persona se sienta apelada. Si tengo que escribir sobre el concepto de belleza expuesto por Jorge Santayana, filósofo español incardinado en los Estados Unidos, no debo comenzar aduciendo datos eruditos sobre este profesor, que, al ser poco conocido por muchos lectores, apenas despierta en ellos interés. Es más eficaz empezar destacando el atractivo de la belleza, la admiración que ésta produce al hombre de todos los tiempos y el carácter enigmático que todavía hoy presenta a quienes se ocupan de penetrar en su quintaesencia. Hagámoslo a continuación, por vía de ejercicio, a fin de mostrar cómo, de esta forma, el lector se adentra de modo espontáneo en el corazón del pensamiento de Santayana.
«Figúrense que alguien me pregunta "qué es la belleza" y yo le respondo: "La belleza es el esplendor de la realidad, de la forma, del orden". Mi respuesta es sin duda exacta y precisa; condensa siglos de investigación estética brillante. Pero ¿es adecuada a mi amable interlocutor, que desea hacerse una idea clara de uno de los fenómenos humanos más atractivos y enigmáticos? He de reconocer que posiblemente mi explicación le resulte inaccesible. Hubiera sido muy distinto si, en vez de dar una definición teórica, le hubiera dicho lo siguiente: Mire el Partenón. Repare en la armonía que surge al vincular la proporción y la medida o mesura. Todas las partes de la obra están proporcionadas entre sí y mesuradas conforme a un canon externo que es la figura humana. El encanto que produce esta peculiar forma de ordenación es denominado "belleza". La belleza es "una luz que resplandece sobre lo que está bien configurado", según formuló Santo Tomás, en la línea de la Estética griega. Este tipo de luz es bella de por sí ("Ipsa lux pulchra est"), como sugirió un eminente pensador de la Escuela de Chartres. Y esta belleza, al ser percibida, se convierte en fuente de goce. Santo Tomás troqueló esta idea en una sentencia vigorosa: "Pulcra sunt quae visa placent"; son bellas las cosas que, vistas, agradan. Uno ve merced a la luz, y la luz para comprender una realidad surge cuando se instaura orden. El orden se lo confiere a los seres su "forma" -en el sentido escolástico, subrayado por San Alberto Magno-. Ahora comprendemos perfectamente que los antiguos hayan definido la belleza como "el esplendor de la realidad, la forma, el orden".
Este modo de explicar basado en la experiencia directa es adoptado por Santayana en sus investigaciones sobre el sentido de la belleza. Quiere abrirse al hechizo de los datos que el mundo entorno nos facilita a cada instante y se hallan al alcance de todos. Con frecuencia sucede que estamos mirando algo y de repente una imagen salta a la vista y nos quedamos prendados de ella debido a su valor. "... A veces -escribe- esta emoción casual es tan fuerte que se sobrepone al interés que yo haya podido tener originalmente en los hechos exteriores; y puedo suspender mi acción o continuarla automáticamente, mientras mi pensamiento se absorbe en la imagen y se detiene en ella. Mientras iba traqueteando hacia el mercado en mi carreta aldeana, la belleza se arrojó sobre mí y las riendas cayeron de mis manos. Me vi transportado, en cierta medida, a un estado de trance. Vi con extraordinaria claridad y, sin embargo, lo que vi me pareció extraño y maravilloso porque ya no miré para comprender, sino tan sólo para ver. Dejé de preocuparme por el hecho, y me puse a contemplar una esencia"».
Al leer esto, el lector se adentra cordialmente en el enigma de la belleza y queda bien dispuesto para asumir de forma creativa las intuiciones de Santayana.

b) Es decisivo ir a lo esencial desde el principio y articular bien el discurso. Antes de empezar a comunicar algo, el líder debe analizar el tema punto por punto, sobrevolarlo para descubrir su articulación interna, determinar cuáles son sus aspectos más importantes y esbozar un modo de exponerlos adecuado a los destinatarios y al tiempo disponible. Si el oyente no capta desde el primer momento qué sentido tiene cuanto empieza a oír, se ve desconectado y necesita realizar un esfuerzo especial para seguir la marcha de la alocución. Cuando, desde el comienzo, es introducido en una cuestión importante, que se va desgranando ante sus ojos de forma coherente, bien articulada, de modo que una idea se conecta con otra en una sucesión bien trabada, se adentra en el asunto, lo piensa creativamente y no siente el peso del tiempo. Con ello supera de raíz el aburrimiento.

En cambio, una exposición que se limita a yuxtaponer ideas, sin dejar al descubierto su mutua vinculación, resulta tediosa al oyente, porque éste no puede sobrevolar el conjunto, verlo de un golpe de vista, al ser instado a prestar una atención independiente a multitud de ideas. Por haber de realizar muchos actos de atención, desconectados entre sí, va viviendo múltiples instantes temporales. Al cabo de un rato, tiene la impresión de que la actividad realizada ha durado mucho tiempo. Si mira el reloj, se asombra al constatar que este tiempo "subjetivo" -es decir, el tiempo que ha durado la conferencia para él- ha sido mucho mayor que el tiempo "objetivo" marcado por el reloj.

Cuando hayamos de preparar algún tipo de alocución -clase, conferencia, homilía, presentación de un libro...-, hemos de pensar que no basta rellenar el tiempo con palabras, por significativas que sean y por bien que las declamemos. Necesitamos un hilo conductor, una idea-madre que dé sentido, orden y ritmo interno al conjunto. Si, además, procuramos abordar el tema desde el principio, tal vez relatando una anécdota pertinente o citando una frase certera de algún personaje célebre, suscitamos el interés del oyente y prendemos su atención.
Intentemos, por ejemplo, explicar a unos jóvenes qué es la libertad. Partamos de las formas más elementales de libertad hasta llegar a la más perfecta, la libertad creativa, la libertad para el bien, la justicia, la bondad, la belleza. Veremos que los oyentes abren los ojos gozosamente al observar cómo se despliega ante ellos el abanico de los modos diversos de libertad, en perfecto orden según su rango:
1. La libertad de movimiento. Poder moverse es una forma de libertad básica. El niño en la cuna se mueve espontáneamente y, si algo se lo impide, se siente desazonado. Estar de alguna forma impedido o trabado nos causa un dolor muy hondo pues afecta a una tendencia primaria de nuestro ser.
2. La libertad de movernos por donde queramos. Si uno tiene libertad de movimiento pero sólo puede circular por un ámbito acotado, no se siente libre. No puede ejercitar ese tipo de libertad conforme a un proyecto personal. Puede caminar e, incluso, correr, pero con ciertos límites que le impiden trazar planes de acción en cada momento del día. Se siente penosamente trabado. Por eso los reclusos se sienten tan libres al ser excarcelados.
3. La libertad de realizar proyectos viables porque contamos con las posibilidades necesarias. Una persona puede disfrutar de los dos tipos anteriores de libertad pero es incapaz de ir a donde quiere porque le faltan para ello posibilidades de tipo económico, cultural o social. Cuando uno dispone de amplias posibilidades, se siente plenamente libre, en las tres acepciones del término libertad que hemos visto hasta ahora. El que ejercita estos modos de libertad tiende a identificar ser libre con no tener trabas. Es una idea de libertad que se basa en una negación.
4. La libertad de elegir entre diversas posibilidades en virtud de una meta que queremos y debemos alcanzar. La forma de libertad anterior puede reducir a esclavitud espiritual a una persona cuando ésta no cuenta con razones profundas que justifiquen la elección de unas posibilidades u otras. Si elijo solamente las posibilidades que me agradan, aunque me lancen al vértigo y me destruyan como persona, ejercito un modo de “libertad cautiva”. Soy libre para moverme por donde quiera, con el único fin de acumular sensaciones placenteras. Al hacerlo, pongo en riesgo mi crecimiento personal y me expongo a tal peligro de bloquear mi crecimiento personal que llego a preguntarme, con San Bernardo: “¿Quién me defenderá de mis propias manos?” La única defensa es la decisión de tomar distancia respecto a mis apetencias inmediatas y elegir en virtud del ideal auténtico de la vida. Este tipo de distanciamiento o desprendimiento supone un modo de libertad interior o libertad creativa; nos liberamos de la fascinación de las ganancias inmediatas y nos disponemos para crear una vida llena de sentido por estar consagrada a la búsqueda de la verdad y a la realización del bien y de la belleza.

Aquí comienza la verdadera libertad, una forma de libertad positiva que no se reduce a liberarse de trabas antes se dirige a realizar el ideal de la vida. Esta forma de libertad presenta diversos grados según la calidad del ideal al que tiendo y según mi modo de asumirlo en la vida.

- Tomo como ideal en la vida comportarme de acuerdo a las normas aceptadas en mi sociedad y me ajusto a ellas. Soy, por tanto, verdaderamente libre porque me distancio de mis apetencias particulares y me ajusto a criterios reconocidos como éticamente valiosos. Cumplo mis deberes y obligaciones, pero no los asumo interiormente; los tomo como una norma que me viene impuesta de fuera. Estoy obligado desde el exterior; no me siento vinculado interiormente al valor que se me presenta. No lo veo como algo valioso que me estimula sino como un deber que me coacciona. No soy todavía libre con libertad interior o creativa. Cuando visito a un familiar enfermo porque mi entorno social considera obligado hacerlo, soy libre frente a mis apetencias, pero todavía no tengo libertad interior. Estoy en cierta medida sometido a instancias externas.
- Si siento verdadero amor por mi familiar, asumo el deber de visitarle como una instancia impuesta por mi propia realidad personal, supero la sumisión a lo exterior a mí y gano cierta libertad interior. Yo mismo me impongo el deber de visitarle porque me siento vinculado a él, ob-ligado a él y a la necesidad de atenderle en su necesidad. Cumplo el deber de hacerlo con satisfacción; lo hago con espontaneidad creadora pues deseo crear con él esa relación entrañable que supone una visita afectuosa. Ya no hay imposición alguna sobre mí ni de fuera ni de dentro. Actúo en virtud del amor, energía interna que convierte el esfuerzo en una satisfacción. Cuando se cumple el deber por amor, se desborda toda escisión entre la interioridad y la exterioridad. Mi familiar no está allí y yo aquí; ambos formamos un mismo campo de juego, y sus problemas son mis problemas y sus gozos son mis gozos. He interiorizado el deber -como pedía Friedrich Schiller- y mi libertad interior ha ganado una calidad muy alta.
- En el horror de un campo de concentración, varios reclusos son condenados a muerte. Al entrar en el calabozo donde van a morir de extenuación, uno de ellos se despide sollozando de su mujer y sus hijos. Entonces, un prisionero se ofrece a morir por él. ¿Cómo se explica que exista una libertad interior capaz de distanciarse incluso del instinto de conservación? Sólo puede ser libre en tal grado quien esté tan entusiasmado con el ideal de la unidad que todos los valores -incluso el de la propia vida- queden supeditados a su logro.
Si exponemos así las diversas formas de libertad a los jóvenes, éstos quedan preparados para determinar en cada momento en qué medida pueden considerarse verdaderamente libres. Tienen una clave de orientación lúcida, y de ella pueden extraer pautas de conducta certeras.

c) La exposición de los temas ha de hacerse con vigor interno, como si uno los estuviera descubriendo por primera vez. Es indispensable evitar que lo dicho suene a consabido, pues ello induce a los oyentes a distraerse. Si un sacerdote comienza una homilía de boda recordando la conversión del agua en vino realizada por Jesús en Caná, invita a los fieles a relajar la atención, pues dicho tema se halla actualmente desgastado.

Resulta desaconsejable repetir rutinariamente frases hechas, por muy ricas de contenido y de alto abolengo que sean. Si queremos que el oyente se vea movido a convertirlas en vida interior, introduciéndose personalmente en el mundo espiritual que sugieren, debemos pronunciarlas "en estado naciente", como si estuvieran brotando para expresar el aspecto de la vida que deseamos promover. Por mucho que debamos repetir una idea -en las clases, en la catequesis, en las homilías, en los escritos...-, hemos de darles un sabor de pan recién hecho, al modo como los buenos actores jamás repiten su papel; lo crean siempre de nuevo. Ese carácter originario de cuanto se dice apela al oyente, que lo siente como nacido para nutrir su capacidad creadora.

d) Es más recomendable hablar de concepto que leer, ya que el estilo del lenguaje escrito es menos llano y familiar que el del lenguaje hablado, apenas invita a la comunicación cordial y da sensación de lejanía. En la misma medida hace difícil conseguir que la comunicación de contenidos sea ante todo una comunicación entre personas, y por tanto una apelación. Si me dirijo a ti para comunicarte algo que juzgo decisivo en la vida, deseo hacerte partícipe de ello para que te decidas a participar activamente de la riqueza que te ofrece.
Esta meta puede lograrse también con la lectura cuando se escribe el mensaje con el estilo propio de la conversación y se lo lee con soltura sin perder la comunicación con el oyente. El líder debe tener el sentido del lenguaje, conocer con la mayor precisión posible lo que implica ser locuente, descubrir el poder del lenguaje para dar densidad a los acontecimientos de la vida, ahondar en la relación de complementariedad que se da entre el lenguaje y el silencio.


             
Meta del líder dar pleno sentido a la vida humana
1. La comunicación del líder debe tender a dar claves lúcidas de orientación para la vida. El que se siente guía de otros no se limita a llenar huecos en la programación de las instituciones en que colabora: periódico, liturgia, centro escolar... Su obligación diaria le exige realizar ciertas actividades más o menos rutinarias, pero antes de hacerlo se pregunta de qué forma puede ayudar, a través de ellas, a sus oyentes o lectores. Y se las ingenia para ofrecer valiosas claves de orientación sobre los asuntos que haya de tratar. Esto le resulta posible si vive en estado de búsqueda, de ahondamiento en los grandes temas de la vida, de clarificación del sentido de la existencia. Si a lo largo de la vida pienso una vez y otra en el sentido de la amistad y del amor conyugal, no me resulta difícil elaborar un esquema para una sugestiva homilía de boda. El profesor de filosofía que asume a diario el mensaje platónico de la existencia de las "ideas" -la belleza, la justicia, la bondad...- está bien dispuesto para exponer su pensamiento de modo tan vivaz que los alumnos se sientan interpelados y sepan a partir de ese momento dar a su vida una profundidad inédita…

2. El buen líder aprovecha todas las ocasiones para entusiasmar a los demás con cuanto estima valioso. El dominio de las formas de expresión es de gran utilidad para el líder pero no suficiente, ya que su meta no consiste en ser un profesor que imparte clases impecables, un conferenciante que suscita asombro en el público, un articulista sugestivo...; radica en orientar a los demás por un camino de madurez y plenitud. Las claves de orientación pueden darse con una simple frase, sin necesidad de pronunciar un sermón o una conferencia. Pero esa rapidez no indica que sea fácil hacerlo con discreción, soltura y eficacia. Si quiero tener la madurez necesaria para que súbitamente se me ocurra una idea que clarifique una situación difícil y oriente a quien la padece, debo prepararme con tiempo.
Tal preparación es la tarea que quiere realizar el proyecto formativo "Escuela de Pensamiento y Creatividad", iniciado en 1987 con el nombre de "Proyecto Líderes". El líder tiende a irradiar luz, porque tener claridad de ideas es un gran bien, y el bien se difunde por sí mismo. Además, si es un líder de la unidad, rehuye por principio acaparar el bien que es el conocimiento y la sabiduría; lo hace circular, porque -como bien dijo un maestro de la vida del espíritu- "lo que no circula no se convierte en amor".

3. El líder se cuida de estar al día en cuestiones bibliográficas, a fin de orientar a los demás. La labor de guía se ejerce de modo muy eficiente cuando se abre a los demás el tesoro de enseñanzas que contienen ciertos libros, cursos, conferencias, películas, exposiciones, conciertos... No pocas personas cambiaron el rumbo de su vida por haber entrado en contacto con la obra de autores que les abrieron horizontes de vida espiritual insospechadamente rica. Nadie sabe el bien que podemos hacer a los demás por el simple hecho de recomendarles un buen libro, una película valiosa, una exposición relevante, un curso fructífero...

La fuerza persuasiva de la verdad
Si tienen en cuenta estas recomendaciones, los líderes verán multiplicada su eficacia, aunque no sean especialmente brillantes. En definitiva, lo verdaderamente persuasivo no es tanto la elocuencia del comunicador, sino la fuerza de convicción que encierran las claves de orientación que ofrece, la riqueza de las realidades que pone al descubierto, la excelencia de los acontecimientos que describe. Por eso, el afán del líder es hacer de tal modo patente lo que desea comunicar que el destinatario entre en relación de presencia con ello y quede instalado en su área de influencia.
Lo que otorgó a Romano Guardini su gran poder de persuasión ante una juventud exigente fue su amor incondicional a la verdad y su decisión de vivir en ella y de ella.

Todos podemos y debemos ser líderes
Crecer es ley de vida, tanto en el aspecto fisiológico como en el espiritual. Debemos elevarnos cada día un poco más a niveles superiores de realización. Para ello hemos de afinar nuestra sensibilidad para lo valioso, incrementar nuestra capacidad de asombrarnos ante lo excelente, cultivar la belleza, perfeccionar nuestros recursos para hacer el bien.
Esta forma de crecimiento espiritual nos dispone para promocionar la vida personal de los demás y, derivadamente, la de toda la comunidad. Tengamos en cuenta que las personas crecemos comunitariamente, colaborando a crear tramas de ámbitos. Si, al relacionarnos con otros ámbitos de realidad -personas, instituciones, obras culturales...-, contribuimos a perfeccionarlos y crear ámbitos nuevos de mayor envergadura, nuestro crecimiento como personas y como miembros vivos de una comunidad es sorprendente.
Esta idea, bien clarificada y sopesada, alberga una riqueza suficiente para fundamentar toda una Ética del liderazgo, tema decisivo que debiera ocupar un lugar preferente en los estudios sobre el hombre.



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