EL
DISCURSO DEL LÍDER
Alfonso
López Quintás
El arte de expresarse de modo
persuasivo
Cada una de las actividades propias
del líder tiene sus reglas propias, que conviene no desatender. Por lo que toca
a las reglas de la comunicación, disponemos actualmente de libros de estilo que
las exponen certeramente y ofrecen claves para aplicarlas en la práctica (19) .
Me limitaré, por ello, a hacer algunas precisiones -a mi entender, muy
eficaces- sobre la didáctica de la comunicación.
1. La corrección estilística y la
precisión de conceptos. Para expresar el pensamiento de forma clara y
persuasiva, es necesario redactar con precisión. Si a ello se une cierta
elegancia de estilo, los conceptos expresados ganan un peculiar atractivo.
2. La articulación interna de una
conferencia y de un artículo. Una conferencia debe seguir un ritmo distinto al
de un artículo periodístico o una crónica. En éstos suele indicarse al
principio lo más llamativo, a fin de que el apresurado lector prenda la
atención y prosiga la lectura. Los conferenciantes, por su parte, comienzan a
hablar con la seguridad de que los oyentes seguirán el hilo del discurso hasta
el final. Esto les permite plantear el tema serenamente y desarrollarlo de tal
modo que vaya adquiriendo una creciente complejidad e interés, al modo como
sucede en las composiciones musicales barrocas, que en los últimos compases
intensifican su expresividad de forma emotiva.
3. El discurso debe ser configurado de
modo sugestivo. Este efecto se logra si se cumplen las siguientes condiciones:
a) El tema escogido ha de estar
vinculado en alguna medida a las preocupaciones del público al que uno se
dirige, de forma que cada persona se sienta apelada. Si tengo que escribir
sobre el concepto de belleza expuesto por Jorge Santayana, filósofo español
incardinado en los Estados Unidos, no debo comenzar aduciendo datos eruditos
sobre este profesor, que, al ser poco conocido por muchos lectores, apenas
despierta en ellos interés. Es más eficaz empezar destacando el atractivo de la
belleza, la admiración que ésta produce al hombre de todos los tiempos y el
carácter enigmático que todavía hoy presenta a quienes se ocupan de penetrar en
su quintaesencia. Hagámoslo a continuación, por vía de ejercicio, a fin de
mostrar cómo, de esta forma, el lector se adentra de modo espontáneo en el
corazón del pensamiento de Santayana.
«Figúrense que alguien me pregunta
"qué es la belleza" y yo le respondo: "La belleza es el
esplendor de la realidad, de la forma, del orden". Mi respuesta es sin
duda exacta y precisa; condensa siglos de investigación estética brillante.
Pero ¿es adecuada a mi amable interlocutor, que desea hacerse una idea clara de
uno de los fenómenos humanos más atractivos y enigmáticos? He de reconocer que
posiblemente mi explicación le resulte inaccesible. Hubiera sido muy distinto
si, en vez de dar una definición teórica, le hubiera dicho lo siguiente: Mire
el Partenón. Repare en la armonía que surge al vincular la proporción y la
medida o mesura. Todas las partes de la obra están proporcionadas entre sí y
mesuradas conforme a un canon externo que es la figura humana. El encanto que
produce esta peculiar forma de ordenación es denominado "belleza". La
belleza es "una luz que resplandece sobre lo que está bien configurado",
según formuló Santo Tomás, en la línea de la Estética griega. Este
tipo de luz es bella de por sí ("Ipsa lux pulchra est"), como sugirió
un eminente pensador de la
Escuela de Chartres. Y esta belleza, al ser percibida, se
convierte en fuente de goce. Santo Tomás troqueló esta idea en una sentencia
vigorosa: "Pulcra sunt quae visa placent"; son bellas las cosas que,
vistas, agradan. Uno ve merced a la luz, y la luz para comprender una realidad
surge cuando se instaura orden. El orden se lo confiere a los seres su
"forma" -en el sentido escolástico, subrayado por San Alberto Magno-.
Ahora comprendemos perfectamente que los antiguos hayan definido la belleza
como "el esplendor de la realidad, la forma, el orden".
Este modo de explicar basado en la
experiencia directa es adoptado por Santayana en sus investigaciones sobre el
sentido de la belleza. Quiere abrirse al hechizo de los datos que el mundo
entorno nos facilita a cada instante y se hallan al alcance de todos. Con
frecuencia sucede que estamos mirando algo y de repente una imagen salta a la
vista y nos quedamos prendados de ella debido a su valor. "... A veces
-escribe- esta emoción casual es tan fuerte que se sobrepone al interés que yo
haya podido tener originalmente en los hechos exteriores; y puedo suspender mi
acción o continuarla automáticamente, mientras mi pensamiento se absorbe en la
imagen y se detiene en ella. Mientras iba traqueteando hacia el mercado en mi
carreta aldeana, la belleza se arrojó sobre mí y las riendas cayeron de mis
manos. Me vi transportado, en cierta medida, a un estado de trance. Vi con
extraordinaria claridad y, sin embargo, lo que vi me pareció extraño y
maravilloso porque ya no miré para comprender, sino tan sólo para ver. Dejé de
preocuparme por el hecho, y me puse a contemplar una esencia"».
Al leer esto, el lector se adentra
cordialmente en el enigma de la belleza y queda bien dispuesto para asumir de
forma creativa las intuiciones de Santayana.
b) Es decisivo ir a lo esencial desde
el principio y articular bien el discurso. Antes de empezar a comunicar algo,
el líder debe analizar el tema punto por punto, sobrevolarlo para descubrir su
articulación interna, determinar cuáles son sus aspectos más importantes y
esbozar un modo de exponerlos adecuado a los destinatarios y al tiempo disponible.
Si el oyente no capta desde el primer momento qué sentido tiene cuanto empieza
a oír, se ve desconectado y necesita realizar un esfuerzo especial para seguir
la marcha de la alocución. Cuando, desde el comienzo, es introducido en una
cuestión importante, que se va desgranando ante sus ojos de forma coherente,
bien articulada, de modo que una idea se conecta con otra en una sucesión bien
trabada, se adentra en el asunto, lo piensa creativamente y no siente el peso
del tiempo. Con ello supera de raíz el aburrimiento.
En cambio, una exposición que se
limita a yuxtaponer ideas, sin dejar al descubierto su mutua vinculación,
resulta tediosa al oyente, porque éste no puede sobrevolar el conjunto, verlo
de un golpe de vista, al ser instado a prestar una atención independiente a
multitud de ideas. Por haber de realizar muchos actos de atención,
desconectados entre sí, va viviendo múltiples instantes temporales. Al cabo de
un rato, tiene la impresión de que la actividad realizada ha durado mucho
tiempo. Si mira el reloj, se asombra al constatar que este tiempo
"subjetivo" -es decir, el tiempo que ha durado la conferencia para
él- ha sido mucho mayor que el tiempo "objetivo" marcado por el
reloj.
Cuando hayamos de preparar algún tipo
de alocución -clase, conferencia, homilía, presentación de un libro...-, hemos
de pensar que no basta rellenar el tiempo con palabras, por significativas que
sean y por bien que las declamemos. Necesitamos un hilo conductor, una
idea-madre que dé sentido, orden y ritmo interno al conjunto. Si, además,
procuramos abordar el tema desde el principio, tal vez relatando una anécdota
pertinente o citando una frase certera de algún personaje célebre, suscitamos
el interés del oyente y prendemos su atención.
Intentemos, por ejemplo, explicar a
unos jóvenes qué es la libertad. Partamos de las formas más elementales de
libertad hasta llegar a la más perfecta, la libertad creativa, la libertad para
el bien, la justicia, la bondad, la belleza. Veremos que los oyentes abren los
ojos gozosamente al observar cómo se despliega ante ellos el abanico de los
modos diversos de libertad, en perfecto orden según su rango:
1. La libertad de movimiento. Poder
moverse es una forma de libertad básica. El niño en la cuna se mueve
espontáneamente y, si algo se lo impide, se siente desazonado. Estar de alguna
forma impedido o trabado nos causa un dolor muy hondo pues afecta a una
tendencia primaria de nuestro ser.
2. La libertad de movernos por donde
queramos. Si uno tiene libertad de movimiento pero sólo puede circular por un
ámbito acotado, no se siente libre. No puede ejercitar ese tipo de libertad
conforme a un proyecto personal. Puede caminar e, incluso, correr, pero con
ciertos límites que le impiden trazar planes de acción en cada momento del día.
Se siente penosamente trabado. Por eso los reclusos se sienten tan libres al
ser excarcelados.
3. La libertad de realizar proyectos
viables porque contamos con las posibilidades necesarias. Una persona puede
disfrutar de los dos tipos anteriores de libertad pero es incapaz de ir a donde
quiere porque le faltan para ello posibilidades de tipo económico, cultural o
social. Cuando uno dispone de amplias posibilidades, se siente plenamente
libre, en las tres acepciones del término libertad que hemos visto hasta ahora.
El que ejercita estos modos de libertad tiende a identificar ser libre con no
tener trabas. Es una idea de libertad que se basa en una negación.
4. La libertad de elegir entre
diversas posibilidades en virtud de una meta que queremos y debemos alcanzar.
La forma de libertad anterior puede reducir a esclavitud espiritual a una
persona cuando ésta no cuenta con razones profundas que justifiquen la elección
de unas posibilidades u otras. Si elijo solamente las posibilidades que me
agradan, aunque me lancen al vértigo y me destruyan como persona, ejercito un
modo de “libertad cautiva”. Soy libre para moverme por donde quiera, con el
único fin de acumular sensaciones placenteras. Al hacerlo, pongo en riesgo mi
crecimiento personal y me expongo a tal peligro de bloquear mi crecimiento
personal que llego a preguntarme, con San Bernardo: “¿Quién me defenderá de mis
propias manos?” La única defensa es la decisión de tomar distancia respecto a
mis apetencias inmediatas y elegir en virtud del ideal auténtico de la vida. Este
tipo de distanciamiento o desprendimiento supone un modo de libertad interior o
libertad creativa; nos liberamos de la fascinación de las ganancias inmediatas
y nos disponemos para crear una vida llena de sentido por estar consagrada a la
búsqueda de la verdad y a la realización del bien y de la belleza.
Aquí comienza la verdadera libertad,
una forma de libertad positiva que no se reduce a liberarse de trabas antes se
dirige a realizar el ideal de la vida. Esta forma de libertad presenta diversos
grados según la calidad del ideal al que tiendo y según mi modo de asumirlo en
la vida.
- Tomo como ideal en la vida
comportarme de acuerdo a las normas aceptadas en mi sociedad y me ajusto a
ellas. Soy, por tanto, verdaderamente libre porque me distancio de mis
apetencias particulares y me ajusto a criterios reconocidos como éticamente
valiosos. Cumplo mis deberes y obligaciones, pero no los asumo interiormente;
los tomo como una norma que me viene impuesta de fuera. Estoy obligado desde el
exterior; no me siento vinculado interiormente al valor que se me presenta. No
lo veo como algo valioso que me estimula sino como un deber que me coacciona.
No soy todavía libre con libertad interior o creativa. Cuando visito a un
familiar enfermo porque mi entorno social considera obligado hacerlo, soy libre
frente a mis apetencias, pero todavía no tengo libertad interior. Estoy en
cierta medida sometido a instancias externas.
- Si siento verdadero amor por mi
familiar, asumo el deber de visitarle como una instancia impuesta por mi propia
realidad personal, supero la sumisión a lo exterior a mí y gano cierta libertad
interior. Yo mismo me impongo el deber de visitarle porque me siento vinculado
a él, ob-ligado a él y a la necesidad de atenderle en su necesidad. Cumplo el deber
de hacerlo con satisfacción; lo hago con espontaneidad creadora pues deseo
crear con él esa relación entrañable que supone una visita afectuosa. Ya no hay
imposición alguna sobre mí ni de fuera ni de dentro. Actúo en virtud del amor,
energía interna que convierte el esfuerzo en una satisfacción. Cuando se cumple
el deber por amor, se desborda toda escisión entre la interioridad y la
exterioridad. Mi familiar no está allí y yo aquí; ambos formamos un mismo campo
de juego, y sus problemas son mis problemas y sus gozos son mis gozos. He
interiorizado el deber -como pedía Friedrich Schiller- y mi libertad interior
ha ganado una calidad muy alta.
- En el horror de un campo de
concentración, varios reclusos son condenados a muerte. Al entrar en el
calabozo donde van a morir de extenuación, uno de ellos se despide sollozando
de su mujer y sus hijos. Entonces, un prisionero se ofrece a morir por él.
¿Cómo se explica que exista una libertad interior capaz de distanciarse incluso
del instinto de conservación? Sólo puede ser libre en tal grado quien esté tan
entusiasmado con el ideal de la unidad que todos los valores -incluso el de la
propia vida- queden supeditados a su logro.
Si exponemos así las diversas formas
de libertad a los jóvenes, éstos quedan preparados para determinar en cada
momento en qué medida pueden considerarse verdaderamente libres. Tienen una
clave de orientación lúcida, y de ella pueden extraer pautas de conducta
certeras.
c) La exposición de los temas ha de
hacerse con vigor interno, como si uno los estuviera descubriendo por primera
vez. Es indispensable evitar que lo dicho suene a consabido, pues ello induce a
los oyentes a distraerse. Si un sacerdote comienza una homilía de boda
recordando la conversión del agua en vino realizada por Jesús en Caná, invita a
los fieles a relajar la atención, pues dicho tema se halla actualmente
desgastado.
Resulta desaconsejable repetir
rutinariamente frases hechas, por muy ricas de contenido y de alto abolengo que
sean. Si queremos que el oyente se vea movido a convertirlas en vida interior,
introduciéndose personalmente en el mundo espiritual que sugieren, debemos
pronunciarlas "en estado naciente", como si estuvieran brotando para
expresar el aspecto de la vida que deseamos promover. Por mucho que debamos repetir
una idea -en las clases, en la catequesis, en las homilías, en los
escritos...-, hemos de darles un sabor de pan recién hecho, al modo como los
buenos actores jamás repiten su papel; lo crean siempre de nuevo. Ese carácter
originario de cuanto se dice apela al oyente, que lo siente como nacido para
nutrir su capacidad creadora.
d) Es más recomendable hablar de
concepto que leer, ya que el estilo del lenguaje escrito es menos llano y
familiar que el del lenguaje hablado, apenas invita a la comunicación cordial y
da sensación de lejanía. En la misma medida hace difícil conseguir que la
comunicación de contenidos sea ante todo una comunicación entre personas, y por
tanto una apelación. Si me dirijo a ti para comunicarte algo que juzgo decisivo
en la vida, deseo hacerte partícipe de ello para que te decidas a participar
activamente de la riqueza que te ofrece.
Esta meta puede lograrse también con
la lectura cuando se escribe el mensaje con el estilo propio de la conversación
y se lo lee con soltura sin perder la comunicación con el oyente. El líder debe
tener el sentido del lenguaje, conocer con la mayor precisión posible lo que
implica ser locuente, descubrir el poder del lenguaje para dar densidad a los
acontecimientos de la vida, ahondar en la relación de complementariedad que se
da entre el lenguaje y el silencio.
Meta
del líder dar pleno sentido a la vida humana
1. La comunicación del líder debe
tender a dar claves lúcidas de orientación para la vida. El que se siente guía
de otros no se limita a llenar huecos en la programación de las instituciones
en que colabora: periódico, liturgia, centro escolar... Su obligación diaria le
exige realizar ciertas actividades más o menos rutinarias, pero antes de
hacerlo se pregunta de qué forma puede ayudar, a través de ellas, a sus oyentes
o lectores. Y se las ingenia para ofrecer valiosas claves de orientación sobre
los asuntos que haya de tratar. Esto le resulta posible si vive en estado de
búsqueda, de ahondamiento en los grandes temas de la vida, de clarificación del
sentido de la existencia. Si a lo largo de la vida pienso una vez y otra en el
sentido de la amistad y del amor conyugal, no me resulta difícil elaborar un
esquema para una sugestiva homilía de boda. El profesor de filosofía que asume
a diario el mensaje platónico de la existencia de las "ideas" -la
belleza, la justicia, la bondad...- está bien dispuesto para exponer su
pensamiento de modo tan vivaz que los alumnos se sientan interpelados y sepan a
partir de ese momento dar a su vida una profundidad inédita…
2. El buen líder aprovecha todas las
ocasiones para entusiasmar a los demás con cuanto estima valioso. El dominio de
las formas de expresión es de gran utilidad para el líder pero no suficiente,
ya que su meta no consiste en ser un profesor que imparte clases impecables, un
conferenciante que suscita asombro en el público, un articulista sugestivo...;
radica en orientar a los demás por un camino de madurez y plenitud. Las claves
de orientación pueden darse con una simple frase, sin necesidad de pronunciar
un sermón o una conferencia. Pero esa rapidez no indica que sea fácil hacerlo
con discreción, soltura y eficacia. Si quiero tener la madurez necesaria para
que súbitamente se me ocurra una idea que clarifique una situación difícil y
oriente a quien la padece, debo prepararme con tiempo.
Tal preparación es la tarea que quiere
realizar el proyecto formativo "Escuela de Pensamiento y
Creatividad", iniciado en 1987 con el nombre de "Proyecto
Líderes". El líder tiende a irradiar luz, porque tener claridad de ideas
es un gran bien, y el bien se difunde por sí mismo. Además, si es un líder de
la unidad, rehuye por principio acaparar el bien que es el conocimiento y la
sabiduría; lo hace circular, porque -como bien dijo un maestro de la vida del
espíritu- "lo que no circula no se convierte en amor".
3. El líder se cuida de estar al día
en cuestiones bibliográficas, a fin de orientar a los demás. La labor de guía
se ejerce de modo muy eficiente cuando se abre a los demás el tesoro de
enseñanzas que contienen ciertos libros, cursos, conferencias, películas,
exposiciones, conciertos... No pocas personas cambiaron el rumbo de su vida por
haber entrado en contacto con la obra de autores que les abrieron horizontes de
vida espiritual insospechadamente rica. Nadie sabe el bien que podemos hacer a
los demás por el simple hecho de recomendarles un buen libro, una película
valiosa, una exposición relevante, un curso fructífero...
La
fuerza persuasiva de la verdad
Si tienen en cuenta estas
recomendaciones, los líderes verán multiplicada su eficacia, aunque no sean
especialmente brillantes. En definitiva, lo verdaderamente persuasivo no es
tanto la elocuencia del comunicador, sino la fuerza de convicción que encierran
las claves de orientación que ofrece, la riqueza de las realidades que pone al
descubierto, la excelencia de los acontecimientos que describe. Por eso, el
afán del líder es hacer de tal modo patente lo que desea comunicar que el
destinatario entre en relación de presencia con ello y quede instalado en su
área de influencia.
Lo que otorgó a Romano Guardini su
gran poder de persuasión ante una juventud exigente fue su amor incondicional a
la verdad y su decisión de vivir en ella y de ella.
Todos
podemos y debemos ser líderes
Crecer es ley de vida, tanto en el
aspecto fisiológico como en el espiritual. Debemos elevarnos cada día un poco
más a niveles superiores de realización. Para ello hemos de afinar nuestra
sensibilidad para lo valioso, incrementar nuestra capacidad de asombrarnos ante
lo excelente, cultivar la belleza, perfeccionar nuestros recursos para hacer el
bien.
Esta forma de crecimiento espiritual
nos dispone para promocionar la vida personal de los demás y, derivadamente, la
de toda la comunidad. Tengamos en cuenta que las personas crecemos comunitariamente,
colaborando a crear tramas de ámbitos. Si, al relacionarnos con otros ámbitos
de realidad -personas, instituciones, obras culturales...-, contribuimos a
perfeccionarlos y crear ámbitos nuevos de mayor envergadura, nuestro
crecimiento como personas y como miembros vivos de una comunidad es
sorprendente.
Esta idea, bien clarificada y
sopesada, alberga una riqueza suficiente para fundamentar toda una Ética del
liderazgo, tema decisivo que debiera ocupar un lugar preferente en los estudios
sobre el hombre.
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