domingo, 20 de agosto de 2017

EL LÍDER AUTÉNTICO

EL LÍDER AUTÉNTICO
Alfonso López Quintás

1.- El líder verdadero es un portavoz de los valores
El que se ve enriquecido con un bien, desea comunicarlo por la tendencia de tal bien a expandirse, como sucede con la luz… Esta voluntad de compartir con otros el bien que uno alberga, funda auténtica vida comunitaria. Ésta se crea cuando se ponen en común los bienes materiales y, sobre todo, los espirituales.

2. Cualidades intelectuales del líder auténtico
Para ser auténtico y, por tanto, eficaz, un líder debe estar bien formado intelectualmente a fin de pensar con el debido rigor, saber prever y ser capaz de orientar a los demás por una vía de desarrollo  personal armónico y rico.

a.-  El líder debe conocer a fondo el proceso de desarrollo del ser humano…
…el líder auténtico -que es el antónimo del tirano- se propone como meta fundamentar sólidamente sus ideas y convicciones, para ofrecer a las gentes una cultura integral, no medias verdades o afirmaciones faltas de fundamento…

b.-  El buen líder ha de poseer el arte de pensar de modo preciso y riguroso.
Uno de los cometidos básicos de la tarea educativa es promover en las personas la capacidad de conocer profundamente las realidades, las situaciones y los acontecimientos. Tal conocimiento se logra al verlos en su génesis y su desarrollo. No basta tomar nota de su existencia. Debemos seguir su proceso de gestación para comprenderlos en su raíz. El buen líder es radical en sus planteamientos y soluciones, es decir, se esfuerza por ir al origen de los problemas.
Para promover la vocación de liderazgo en los jóvenes, no debemos únicamente facilitarles ideas fecundas, bien configuradas y delimitadas por nosotros. Hemos de sugerirles el modo de llegar a ellas por sí mismos, verlas en estado naciente, entusiasmarse con su riqueza interior y transmitir ese entusiasmo a otras personas de forma persuasiva.
Este conocimiento genético de la vida humana sólo podemos conseguirlo si cultivamos las tres condiciones básicas de la inteligencia: largo alcance, amplitud o comprensión y profundidad.
Ver sólo lo que se ofrece inmediatamente a nuestra vista es una especie de miopía mental que nos impide descubrir lo que se halla más allá. Sorprendes a alguien mirando hacia el interior de una habitación. Lo primero que observas es el significado de esa acción: esa persona intenta percibir algo que está situado más allá de la ventana. Si piensas con largo alcance, procuras descubrir qué es lo que quiere ver y con qué intención. Esta intención otorga un sentido u otro al acto de mirar. ¿Es un acto de espionaje o se reduce a mera contemplación morbosa? ¿Se trata, más bien, de comprobar si se halla en la habitación un familiar que no responde a las llamadas?
Para captar el sentido de tal acción, debemos ejercitar un pensamiento "relacional", "comprehensivo", que nos permita vincular diversos elementos. Por ejemplo: la persona que está mirando sabe que su familiar se halla en esa habitación; le ha llamado y no contesta; sospecha que le ha pasado algo y decide mirar antes de pedir socorro. El sentido de esta acción inusual encierra mayor complejidad y hondura que el mero significado de la misma.
Si queremos descubrir dicho sentido, debemos pensar de modo penetrante, ir a lo hondo de los acontecimientos y no quedarnos en la superficie de los mismos.
Este ejemplo pone al descubierto, debidamente conjugadas, las tres condiciones de la inteligencia madura. En la simple descripción de las mismas resaltan dos niveles de realidad: el físico-objetivo (nivel 1) y el ambital-creativo (nivel 2). Por una parte, alguien quiere ver lo que hay dentro de una habitación cerrada. Es un dato inmediato, fácil de captar -nivel 1-. En un plano superior de realidad y de vida, se da el sentido de tal acción -nivel 2-. Este sentido es más difícil de descubrir pues depende del tipo de relación que tenga el que mira con la persona que desea ver. Tal relación puede ser superficial o profunda, indiferente o amistosa, incomprometida o responsable.
Estos dos planos de realidad -el objetivo y el ambital- son distintos y conjugables. Si acertamos a integrarlos debidamente, estaremos en disposición de comprender a fondo lo que es nuestra vida de personas y lo que exige su pleno desarrollo. Este conocimiento ha de poseerlo el líder si quiere orientar fecundamente a las gentes.

c.-  Una vez conocida la distinción que media entre objetos y ámbitos y la función que ambos tipos de realidad juegan en el proceso de configuración de la personalidad humana, el líder ha de adoptar respecto a cada una de tales realidades la actitud adecuada:
La de dominio y manejo respecto a los objetos; la de respeto y colaboración libre respecto a los ámbitos. Intentar dominar los ámbitos equivale a reducirlos de valor, manipularlos y envilecerlos.
Por eso el líder auténtico se cuida de no reducir los ámbitos a objetos; más bien procura elevar ciertos objetos a condición de ámbitos…

d.-  El líder auténtico crea modos de unión entrañable con las realidades del entorno.
El líder auténtico se cuida de afinar la sensibilidad para conceder a los términos libertad y norma el sentido que presentan en cada contexto.
Si quiero ser libre tocando una obra en un instrumento musical, debo someterme a la norma de la interpretación que es la partitura y todos sus signos. Cuanto más fiel soy a la partitura -que refleja el pensamiento del compositor-, tanto más libremente me muevo por las avenidas de la obra. Aquí libertad significa seguridad, firmeza, conciencia de estar haciendo justicia a la obra y creando una fuente de belleza.

e.-  El buen líder está llamado a fundamentar el Humanismo de la unidad.
El buen líder procura ganar la perspectiva adecuada para lograr un conocimiento exacto de las realidades y los acontecimientos que tejen la vida humana. Si lo consigue, podrá guiarse a sí mismo y guiar a otros por la vía del pleno desarrollo personal. En caso negativo, confundirá unirse y fusionarse, celebrar una fiesta y entregarse a una orgía, alejarse para dominar y tomar distancia para hacer justicia a la riqueza de una realidad. Esta confusión está en la base de múltiples errores básicos, que bloquean el crecimiento de las personas.

3.-        Líderes verdaderos y líderes falsos
Cabe distinguir clases diversas de líderes en función de la actividad que ejercen, la preparación que tienen, la tendencia a defender la verdad o a propalar la falsedad, la meta que persiguen... Una persona puede ejercer funciones de líder en ámbitos diferentes -el familiar, el grupal, el nacional, el internacional...- y respecto a vertientes de la vida distintas: la económica, la artística, la política, la ética, la educativa, la religiosa...
Existe el líder político, que presenta un programa de acción, recluta adeptos y aspira al poder con el fin de modelar la sociedad de la forma que juzga más adecuada.
Un profesor está llamado también a ejercer un modo peculiar de liderazgo, ya que por vocación y profesión debe orientar a niños y jóvenes a descubrir las leyes de la vida personal, que son las normas que rigen los procesos creativos.
De modo análogo, deben ser líderes un sacerdote, un escritor, un padre de familia...
Quienes configuran la opinión pública a través del arte, la literatura, el pensamiento, los medios de comunicación social... pueden y deben ejercer función de líderes.
En sentido estricto, se entiende por líderes las personas bien dotadas que conocen profundamente la vida humana -vista como un nudo de relaciones- y saben ofrecer a los demás claves certeras de interpretación de la misma. Merced a tal orientación, otras personas menos formadas pueden desempeñar el papel de guías respecto a las personas y grupos de su entorno…
Muy a menudo, los líderes políticos dedican serios esfuerzos a cultivar su "imagen" con el fin de ser considerados como "carismáticos". Olvidan que el único carisma auténtico de un político consiste en ofrecer confianza. Y ésta es suscitada por la eficacia, la coherencia, la veracidad. El que se limita a aderezar su imagen para ejercer el arte de seducir al pueblo no es un líder auténtico; es, más bien, un embaucador, pues exalta a las gentes al tiempo que las somete a toda suerte de servidumbres espirituales.
Líder auténtico es el guía que orienta a alguien hacia lo que constituye un bien para su vida. Puede ser un bien parcial -de tipo económico, cultural, deportivo...-, o un bien que afecta al conjunto de su persona. El máximo bien de un ser humano es el desarrollo pleno de su personalidad.
Líder falso es el guía que conduce a las personas por vías que reducen su dignidad, amenguan sus defensas y las dejan a merced de los afanosos de poder. Esta actividad envilecedora puede afectar a ciertos aspectos concretos de la vida -económico, político, cultural...- o bien a lo esencial de la misma, a su sentido más hondo.
El líder verdadero promueve el poder creativo de las personas y contribuye, de este modo, a que se unan entre sí mediante la creación de estructuras fecundas. El líder falso procura restar capacidad creativa a las gentes, a fin de que pierdan libertad interior, por no ser capaces de interiorizar el deber, es decir, convertir en íntimas las normas que les vienen sugeridas de fuera. Esa falta de creatividad las lleva a depender de instancias externas y ajenas. Tal dependencia las gregariza y masifica.
He aquí una clave de interpretación de la vida humana: Cuando la actividad de un dirigente torna gregario al pueblo, estamos ante un líder falso. El guía verdadero otorga a las personas que lidera poder de discernimiento y de iniciativa, capacidad de ser autónomas y solidarias al mismo tiempo.
Líder auténtico no es sencillamente el que tiene capacidad de guiar a las gentes, sino el que las conduce a su pleno desarrollo, que constituye su bien, su auténtica meta. El ilusionista que tergiversa los conceptos y los vocablos para llevar a las personas a su particular molino ideológico priva a éstas de la capacidad de pensar con precisión y elegir lúcida y libremente el verdadero camino de su plenitud personal.
El buen líder busca la verdad hasta el fin, pues no se contenta con medias verdades.
Ese amor a la verdad -vista como la patentización de la realidad que nos permite realizarnos- nos lleva a sentir una profunda insatisfacción ante cuanto signifique deterioro de la vida humana y, consiguientemente, de la propia realidad personal. Pensemos en la decadencia cultural, el declive de la sabiduría, la insensibilidad ante los grandes valores, la inautenticidad en todos los órdenes...

4.-        El buen guía ejerce un liderazgo compartido
Se trata de un liderazgo compartido, que se basa en la participación en un ideal común y en el logro consiguiente de una forma auténtica de vida comunitaria. Adviértase que la meta de esta forma de liderazgo no se halla fuera de las personas que lo comparten, como sucede con ciertos liderazgos políticos o económicos. Consiste en lograr el máximo desarrollo de cuantos son convocados a una acción común. De ahí su interés en ilusionarlos con el verdadero ideal, no en tornarlos ilusos proponiéndoles metas inasequibles.

El líder auténtico realiza experiencias profundas, cultiva el pensamiento, el lenguaje y el silencio, recoge aquí y allá ideas fecundas, las medita, selecciona y ensambla, y llega a condensar su conocimiento de la vida humana en un puñado de lúcidas claves de orientación, que nos permiten orientarnos certeramente por los caminos de la existencia, incluso en los momentos más sombríos.

5.         El líder aúna sus energías para relacionarse plenamente con los demás
Para perfeccionarnos, debemos amar la verdad incondicionalmente y perseguirla hasta el fin sin quedarnos en medias verdades. Amar la verdad significa aceptar y estimar la realidad tal como ella se manifiesta a quien la mira sin prejuicios. Por eso el que ama la verdad procura conocer de cerca la realidad propia en todo su alcance: las leyes de su desarrollo, su origen y su meta, las entidades con que debe relacionarse -las demás personas, las instituciones, la justicia, la belleza, los valores de todo orden, el lenguaje, el Ser Supremo...
El que ama la verdad procura aprender el arte de trascender, a fin de ver la realidad humana en todas sus dimensiones. Por eso se esfuerza en valorar, por encima de los meros hechos, los acontecimientos, y, más allá de las meras figuras, las imágenes. De ahí su sensibilidad para los símbolos y toda suerte de gestos expresivos.

6.         El líder ayuda a las gentes a configurar su vida
Impulsado por esta voluntad de enriquecer a las personas, el líder no adopta una actitud pasiva ante los acontecimientos de la vida diaria. No se limita a "verlas venir"; se anticipa a los sucesos. No se deja modelar por las circunstancias; se adelanta a ellas para configurar su vida y la de los otros sobre la base de unos principios fecundos…
Un dirigente debe ser precavido, adivinar las necesidades que va a tener un pueblo y preparar a las gentes para resolver los problemas que la marcha de los acontecimientos pueda suscitar. No es líder auténtico quien no sabe prever.

7.         El líder ejerce función de guía para servir, no para dominar
El auténtico guía no se mueve por afán de dominio  sino de servicio. Por eso no se siente nunca dueño del destino ajeno y no guía a personas y pueblos a donde a él le conviene sino a la meta que les marca su vocación y su misión personales. El auténtico líder es un ser tolerante y sembrador de concordia, pues su labor se dirige primordialmente a crear unidad con los demás, a la luz de la verdad compartida e infundirles de ese modo una elevada autoestima.

8.         El buen líder vive históricamente
El líder ha de vivir históricamente, es decir, ha de recibir activamente el elenco de posibilidades que han transmitido las generaciones pasadas a la sociedad en que vive y comunicarlas a sus contemporáneos, a fin de que todos creen nuevas posibilidades y las transmitan a las generaciones posteriores. De esta forma, cuanto el líder ofrece al pueblo se halla asentado sólidamente en la mejor tradición (11) . La tradición no es un peso muerto que gravita sobre los pueblos en cada instante de la historia; es la fuente de las posibilidades que hacen posible su actividad creativa.

9.         El líder verdadero cultiva la confianza, la valentía, la tenacidad y la paciencia
Saber que uno está en vías de conseguir el ideal otorga una gran confianza en el camino emprendido. Esta confianza nos permite vencer el miedo a los obstáculos y al fracaso, y nos inspira una prudente audacia, actitud que supera la pusilanimidad de la cobardía y modera el ímpetu extremoso de la temeridad. Esta energía equilibrada se define como valentía.
El líder no debe ser nunca apático, cobarde o pusilánime, sino valiente y magnánimo. Ha de ser constante en su empeño, porque la constancia es la forma de llegar muy lejos un ser finito, limitado, ya que insistir es profundizar. Los genios fueron, de ordinario, tenaces trabajadores.
Con la tenacidad y la constancia va unida estrechamente la paciencia, no entendida como la mera capacidad de aguante sino como la voluntad de ajustarse a los ritmos naturales. Aguantar es propio de muros y columnas, que son realidades físicas -nivel 1-. Ajustarse a un ritmo es una actividad creativa -nivel 2-. El ejercicio de la paciencia es una actividad que se realiza en un nivel superior a aquel en que se da el aguante. El líder debe ser paciente en el trato con las personas a quienes guía porque la relación interpersonal sólo es fecunda cuando es respetuosa y reversible, de doble dirección. Respetuosa, porque las personas guiadas deben tener capacidad de iniciativa para recibir activamente las posibilidades que el líder les otorgue en uno u otro aspecto. Reversible, porque guiar no es arrastrar, sino sugerir el camino que una persona debe seguir lúcida y libremente, por convencimiento íntimo, para llevar a pleno desarrollo sus mejores capacidades y realizar el ideal de su vida…
El buen líder es paciente, sabe esperar. Siembra a menudo para que otros recojan. Renuncia muchas veces a cosechar él los frutos. Es hombre de fe y de esperanza; confía en que la semilla va a fructificar, pues todo germen acaba desarrollándose, aunque uno no llegue a verlo…
Por ser competente y eficaz de modo desinteresado, leal, respetuoso de la libertad de los demás y afanoso de su bien, suscita en las gentes un sentimiento de confianza incondicional.


10.       El líder auténtico armoniza la actitud idealista y la realista
El líder debe ser idealista y realista a la vez, es decir, ha de enardecerse con el auténtico ideal humano, pero cuidando de ajustarse en todo momento al modo de ser de las personas y cuanto ellas implican. Vive con ilusión, pero no es un iluso. Quiere perfeccionar al hombre concreto, con sus anhelos y sus limitaciones, su afán de crecer y su apego a lo fácil. Por eso su empeño es orientarlo hacia la fuente de energía inagotable que posee: el ideal de la unidad. El auténtico líder quiere suscitar las fuerzas que laten en el interior de la persona a la que se propone impulsar. No confía demasiado en la eficacia de los impulsos externos. Por eso rehuye empujar a las personas desde fuera y se ocupa de movilizar sus energías interiores.


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