EL
LÍDER AUTÉNTICO
Alfonso
López Quintás
1.- El líder verdadero es un portavoz
de los valores
El que se ve enriquecido con un bien,
desea comunicarlo por la tendencia de tal bien a expandirse, como sucede con la
luz… Esta voluntad de compartir con otros el bien que uno alberga, funda
auténtica vida comunitaria. Ésta se crea cuando se ponen en común los bienes
materiales y, sobre todo, los espirituales.
2. Cualidades intelectuales del líder
auténtico
Para ser auténtico y, por tanto,
eficaz, un líder debe estar bien formado intelectualmente a fin de pensar con
el debido rigor, saber prever y ser capaz de orientar a los demás por una vía
de desarrollo personal armónico y rico.
a.-
El líder debe conocer a fondo el proceso de desarrollo del ser humano…
…el líder auténtico -que es el
antónimo del tirano- se propone como meta fundamentar sólidamente sus ideas y
convicciones, para ofrecer a las gentes una cultura integral, no medias
verdades o afirmaciones faltas de fundamento…
b.-
El buen líder ha de poseer el arte de pensar de modo preciso y riguroso.
Uno de los cometidos básicos de la
tarea educativa es promover en las personas la capacidad de conocer
profundamente las realidades, las situaciones y los acontecimientos. Tal
conocimiento se logra al verlos en su génesis y su desarrollo. No basta tomar
nota de su existencia. Debemos seguir su proceso de gestación para
comprenderlos en su raíz. El buen líder es radical en sus planteamientos y
soluciones, es decir, se esfuerza por ir al origen de los problemas.
Para promover la vocación de liderazgo
en los jóvenes, no debemos únicamente facilitarles ideas fecundas, bien
configuradas y delimitadas por nosotros. Hemos de sugerirles el modo de llegar
a ellas por sí mismos, verlas en estado naciente, entusiasmarse con su riqueza
interior y transmitir ese entusiasmo a otras personas de forma persuasiva.
Este conocimiento genético de la vida
humana sólo podemos conseguirlo si cultivamos las tres condiciones básicas de
la inteligencia: largo alcance, amplitud o comprensión y profundidad.
Ver sólo lo que se ofrece
inmediatamente a nuestra vista es una especie de miopía mental que nos impide
descubrir lo que se halla más allá. Sorprendes a alguien mirando hacia el
interior de una habitación. Lo primero que observas es el significado de esa
acción: esa persona intenta percibir algo que está situado más allá de la
ventana. Si piensas con largo alcance, procuras descubrir qué es lo que quiere
ver y con qué intención. Esta intención otorga un sentido u otro al acto de
mirar. ¿Es un acto de espionaje o se reduce a mera contemplación morbosa? ¿Se
trata, más bien, de comprobar si se halla en la habitación un familiar que no
responde a las llamadas?
Para captar el sentido de tal acción,
debemos ejercitar un pensamiento "relacional", "comprehensivo",
que nos permita vincular diversos elementos. Por ejemplo: la persona que está
mirando sabe que su familiar se halla en esa habitación; le ha llamado y no
contesta; sospecha que le ha pasado algo y decide mirar antes de pedir socorro.
El sentido de esta acción inusual encierra mayor complejidad y hondura que el
mero significado de la misma.
Si queremos descubrir dicho sentido,
debemos pensar de modo penetrante, ir a lo hondo de los acontecimientos y no
quedarnos en la superficie de los mismos.
Este ejemplo pone al descubierto,
debidamente conjugadas, las tres condiciones de la inteligencia madura. En la
simple descripción de las mismas resaltan dos niveles de realidad: el
físico-objetivo (nivel 1) y el ambital-creativo (nivel 2). Por una parte,
alguien quiere ver lo que hay dentro de una habitación cerrada. Es un dato
inmediato, fácil de captar -nivel 1-. En un plano superior de realidad y de
vida, se da el sentido de tal acción -nivel 2-. Este sentido es más difícil de
descubrir pues depende del tipo de relación que tenga el que mira con la
persona que desea ver. Tal relación puede ser superficial o profunda,
indiferente o amistosa, incomprometida o responsable.
Estos dos planos de realidad -el
objetivo y el ambital- son distintos y conjugables. Si acertamos a integrarlos
debidamente, estaremos en disposición de comprender a fondo lo que es nuestra
vida de personas y lo que exige su pleno desarrollo. Este conocimiento ha de
poseerlo el líder si quiere orientar fecundamente a las gentes.
c.-
Una vez conocida la distinción que media entre objetos y ámbitos y la
función que ambos tipos de realidad juegan en el proceso de configuración de la
personalidad humana, el líder ha de adoptar respecto a cada una de tales
realidades la actitud adecuada:
La de dominio y manejo respecto a los
objetos; la de respeto y colaboración libre respecto a los ámbitos. Intentar
dominar los ámbitos equivale a reducirlos de valor, manipularlos y
envilecerlos.
Por eso el líder auténtico se cuida de
no reducir los ámbitos a objetos; más bien procura elevar ciertos objetos a
condición de ámbitos…
d.-
El líder auténtico crea modos de unión entrañable con las realidades del
entorno.
El líder auténtico se cuida de afinar
la sensibilidad para conceder a los términos libertad y norma el sentido que
presentan en cada contexto.
Si quiero ser libre tocando una obra
en un instrumento musical, debo someterme a la norma de la interpretación que
es la partitura y todos sus signos. Cuanto más fiel soy a la partitura -que
refleja el pensamiento del compositor-, tanto más libremente me muevo por las
avenidas de la obra. Aquí libertad significa seguridad, firmeza, conciencia de
estar haciendo justicia a la obra y creando una fuente de belleza.
e.-
El buen líder está llamado a fundamentar el Humanismo de la unidad.
El buen líder procura ganar la
perspectiva adecuada para lograr un conocimiento exacto de las realidades y los
acontecimientos que tejen la vida humana. Si lo consigue, podrá guiarse a sí
mismo y guiar a otros por la vía del pleno desarrollo personal. En caso
negativo, confundirá unirse y fusionarse, celebrar una fiesta y entregarse a
una orgía, alejarse para dominar y tomar distancia para hacer justicia a la
riqueza de una realidad. Esta confusión está en la base de múltiples errores
básicos, que bloquean el crecimiento de las personas.
3.- Líderes
verdaderos y líderes falsos
Cabe distinguir clases diversas de
líderes en función de la actividad que ejercen, la preparación que tienen, la
tendencia a defender la verdad o a propalar la falsedad, la meta que
persiguen... Una persona puede ejercer funciones de líder en ámbitos diferentes
-el familiar, el grupal, el nacional, el internacional...- y respecto a
vertientes de la vida distintas: la económica, la artística, la política, la ética,
la educativa, la religiosa...
Existe el líder político, que presenta
un programa de acción, recluta adeptos y aspira al poder con el fin de modelar
la sociedad de la forma que juzga más adecuada.
Un profesor está llamado también a
ejercer un modo peculiar de liderazgo, ya que por vocación y profesión debe
orientar a niños y jóvenes a descubrir las leyes de la vida personal, que son
las normas que rigen los procesos creativos.
De modo análogo, deben ser líderes un
sacerdote, un escritor, un padre de familia...
Quienes configuran la opinión pública
a través del arte, la literatura, el pensamiento, los medios de comunicación
social... pueden y deben ejercer función de líderes.
En sentido estricto, se entiende por
líderes las personas bien dotadas que conocen profundamente la vida humana
-vista como un nudo de relaciones- y saben ofrecer a los demás claves certeras
de interpretación de la misma. Merced a tal orientación, otras personas menos
formadas pueden desempeñar el papel de guías respecto a las personas y grupos
de su entorno…
Muy a menudo, los líderes políticos
dedican serios esfuerzos a cultivar su "imagen" con el fin de ser
considerados como "carismáticos". Olvidan que el único carisma
auténtico de un político consiste en ofrecer confianza. Y ésta es suscitada por
la eficacia, la coherencia, la veracidad. El que se limita a aderezar su imagen
para ejercer el arte de seducir al pueblo no es un líder auténtico; es, más
bien, un embaucador, pues exalta a las gentes al tiempo que las somete a toda
suerte de servidumbres espirituales.
Líder auténtico es el guía que orienta
a alguien hacia lo que constituye un bien para su vida. Puede ser un bien
parcial -de tipo económico, cultural, deportivo...-, o un bien que afecta al
conjunto de su persona. El máximo bien de un ser humano es el desarrollo pleno
de su personalidad.
Líder falso es el guía que conduce a
las personas por vías que reducen su dignidad, amenguan sus defensas y las
dejan a merced de los afanosos de poder. Esta actividad envilecedora puede
afectar a ciertos aspectos concretos de la vida -económico, político,
cultural...- o bien a lo esencial de la misma, a su sentido más hondo.
El líder verdadero promueve el poder
creativo de las personas y contribuye, de este modo, a que se unan entre sí
mediante la creación de estructuras fecundas. El líder falso procura restar
capacidad creativa a las gentes, a fin de que pierdan libertad interior, por no
ser capaces de interiorizar el deber, es decir, convertir en íntimas las normas
que les vienen sugeridas de fuera. Esa falta de creatividad las lleva a
depender de instancias externas y ajenas. Tal dependencia las gregariza y
masifica.
He aquí una clave de interpretación de
la vida humana: Cuando la actividad de un dirigente torna gregario al pueblo,
estamos ante un líder falso. El guía verdadero otorga a las personas que lidera
poder de discernimiento y de iniciativa, capacidad de ser autónomas y
solidarias al mismo tiempo.
Líder auténtico no es sencillamente el
que tiene capacidad de guiar a las gentes, sino el que las conduce a su pleno
desarrollo, que constituye su bien, su auténtica meta. El ilusionista que
tergiversa los conceptos y los vocablos para llevar a las personas a su
particular molino ideológico priva a éstas de la capacidad de pensar con precisión
y elegir lúcida y libremente el verdadero camino de su plenitud personal.
El buen líder busca la verdad hasta el
fin, pues no se contenta con medias verdades.
Ese amor a la verdad -vista como la
patentización de la realidad que nos permite realizarnos- nos lleva a sentir
una profunda insatisfacción ante cuanto signifique deterioro de la vida humana
y, consiguientemente, de la propia realidad personal. Pensemos en la decadencia
cultural, el declive de la sabiduría, la insensibilidad ante los grandes valores,
la inautenticidad en todos los órdenes...
4.- El
buen guía ejerce un liderazgo compartido
Se trata de un liderazgo compartido,
que se basa en la participación en un ideal común y en el logro consiguiente de
una forma auténtica de vida comunitaria. Adviértase que la meta de esta forma
de liderazgo no se halla fuera de las personas que lo comparten, como sucede
con ciertos liderazgos políticos o económicos. Consiste en lograr el máximo
desarrollo de cuantos son convocados a una acción común. De ahí su interés en
ilusionarlos con el verdadero ideal, no en tornarlos ilusos proponiéndoles
metas inasequibles.
El líder auténtico realiza
experiencias profundas, cultiva el pensamiento, el lenguaje y el silencio,
recoge aquí y allá ideas fecundas, las medita, selecciona y ensambla, y llega a
condensar su conocimiento de la vida humana en un puñado de lúcidas claves de
orientación, que nos permiten orientarnos certeramente por los caminos de la
existencia, incluso en los momentos más sombríos.
5. El
líder aúna sus energías para relacionarse plenamente con los demás
Para perfeccionarnos, debemos amar la
verdad incondicionalmente y perseguirla hasta el fin sin quedarnos en medias
verdades. Amar la verdad significa aceptar y estimar la realidad tal como ella
se manifiesta a quien la mira sin prejuicios. Por eso el que ama la verdad
procura conocer de cerca la realidad propia en todo su alcance: las leyes de su
desarrollo, su origen y su meta, las entidades con que debe relacionarse -las
demás personas, las instituciones, la justicia, la belleza, los valores de todo
orden, el lenguaje, el Ser Supremo...
El que ama la verdad procura aprender
el arte de trascender, a fin de ver la realidad humana en todas sus
dimensiones. Por eso se esfuerza en valorar, por encima de los meros hechos,
los acontecimientos, y, más allá de las meras figuras, las imágenes. De ahí su
sensibilidad para los símbolos y toda suerte de gestos expresivos.
6. El
líder ayuda a las gentes a configurar su vida
Impulsado por esta voluntad de
enriquecer a las personas, el líder no adopta una actitud pasiva ante los
acontecimientos de la vida diaria. No se limita a "verlas venir"; se
anticipa a los sucesos. No se deja modelar por las circunstancias; se adelanta
a ellas para configurar su vida y la de los otros sobre la base de unos
principios fecundos…
Un dirigente debe ser precavido,
adivinar las necesidades que va a tener un pueblo y preparar a las gentes para
resolver los problemas que la marcha de los acontecimientos pueda suscitar. No
es líder auténtico quien no sabe prever.
7. El
líder ejerce función de guía para servir, no para dominar
El auténtico guía no se mueve por afán
de dominio sino de servicio. Por eso no
se siente nunca dueño del destino ajeno y no guía a personas y pueblos a donde
a él le conviene sino a la meta que les marca su vocación y su misión
personales. El auténtico líder es un ser tolerante y sembrador de concordia,
pues su labor se dirige primordialmente a crear unidad con los demás, a la luz
de la verdad compartida e infundirles de ese modo una elevada autoestima.
8. El
buen líder vive históricamente
El líder ha de vivir históricamente,
es decir, ha de recibir activamente el elenco de posibilidades que han
transmitido las generaciones pasadas a la sociedad en que vive y comunicarlas a
sus contemporáneos, a fin de que todos creen nuevas posibilidades y las
transmitan a las generaciones posteriores. De esta forma, cuanto el líder
ofrece al pueblo se halla asentado sólidamente en la mejor tradición (11) . La
tradición no es un peso muerto que gravita sobre los pueblos en cada instante
de la historia; es la fuente de las posibilidades que hacen posible su
actividad creativa.
9. El
líder verdadero cultiva la confianza, la valentía, la tenacidad y la paciencia
Saber que uno está en vías de
conseguir el ideal otorga una gran confianza en el camino emprendido. Esta
confianza nos permite vencer el miedo a los obstáculos y al fracaso, y nos
inspira una prudente audacia, actitud que supera la pusilanimidad de la
cobardía y modera el ímpetu extremoso de la temeridad. Esta energía equilibrada
se define como valentía.
El líder no debe ser nunca apático,
cobarde o pusilánime, sino valiente y magnánimo. Ha de ser constante en su
empeño, porque la constancia es la forma de llegar muy lejos un ser finito,
limitado, ya que insistir es profundizar. Los genios fueron, de ordinario,
tenaces trabajadores.
Con la tenacidad y la constancia va
unida estrechamente la paciencia, no entendida como la mera capacidad de
aguante sino como la voluntad de ajustarse a los ritmos naturales. Aguantar es
propio de muros y columnas, que son realidades físicas -nivel 1-. Ajustarse a
un ritmo es una actividad creativa -nivel 2-. El ejercicio de la paciencia es
una actividad que se realiza en un nivel superior a aquel en que se da el
aguante. El líder debe ser paciente en el trato con las personas a quienes guía
porque la relación interpersonal sólo es fecunda cuando es respetuosa y
reversible, de doble dirección. Respetuosa, porque las personas guiadas deben
tener capacidad de iniciativa para recibir activamente las posibilidades que el
líder les otorgue en uno u otro aspecto. Reversible, porque guiar no es
arrastrar, sino sugerir el camino que una persona debe seguir lúcida y
libremente, por convencimiento íntimo, para llevar a pleno desarrollo sus
mejores capacidades y realizar el ideal de su vida…
El buen líder es paciente, sabe
esperar. Siembra a menudo para que otros recojan. Renuncia muchas veces a
cosechar él los frutos. Es hombre de fe y de esperanza; confía en que la semilla
va a fructificar, pues todo germen acaba desarrollándose, aunque uno no llegue
a verlo…
Por ser competente y eficaz de modo
desinteresado, leal, respetuoso de la libertad de los demás y afanoso de su
bien, suscita en las gentes un sentimiento de confianza incondicional.
10. El
líder auténtico armoniza la actitud idealista y la realista
El líder debe ser idealista y realista
a la vez, es decir, ha de enardecerse con el auténtico ideal humano, pero
cuidando de ajustarse en todo momento al modo de ser de las personas y cuanto
ellas implican. Vive con ilusión, pero no es un iluso. Quiere perfeccionar al
hombre concreto, con sus anhelos y sus limitaciones, su afán de crecer y su
apego a lo fácil. Por eso su empeño es orientarlo hacia la fuente de energía
inagotable que posee: el ideal de la unidad. El auténtico líder quiere suscitar
las fuerzas que laten en el interior de la persona a la que se propone
impulsar. No confía demasiado en la eficacia de los impulsos externos. Por eso
rehuye empujar a las personas desde fuera y se ocupa de movilizar sus energías
interiores.
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