lunes, 28 de agosto de 2017

GUÍA 1: “MIRADAS DEL CINE: LÍDERES POR LA PAZ”

GUÍA 1: “MIRADAS DEL CINE: LÍDERES POR LA PAZ”

Con el fin de tomar conciencia de las cualidades que cada uno debiera poseer para ejercer un liderazgo auténtico, invitamos a realizar un ejercicio reflexivo sobre nuestras cualidades personales, en el contexto de Alfonso López Quintás.

CUALIDADES DE UN LÍDER AUTÉNTICO
DEBILIDAD
FORTALEZA
FUNDAMENTO
1.- Posee voluntad para compartir y comunicar los valores.



2.- Posee el arte de pensar de modo preciso y riguroso.



3.- Se propone como meta fundamentar sólidamente sus ideas y convicciones, para ofrecer a las personas una cultura integral, no medias verdades o afirmaciones faltas de fundamento.



4.- Es radical en sus planteamientos y soluciones, es decir, se esfuerza por ir al origen de los problemas.



5.- No se mueve por afán de dominio  sino de servicio.



6.- Conoce profundamente la vida humana -vista como un nudo de relaciones- y sabe ofrecer a los demás claves certeras de interpretación de la misma.



7.- Promueve el poder creativo de las personas y contribuye, de este modo, a que se unan entre sí mediante la creación de estructuras fecundas.



8.- Otorga a las personas que lidera poder de discernimiento y de iniciativa, capacidad de ser autónomas y solidarias al mismo tiempo.



9.- Guía y conduce a las personas a su pleno desarrollo, que constituye su bien, su auténtica meta.



10.- Realiza experiencias profundas, cultiva el pensamiento, el lenguaje y el silencio y llega a condensar su conocimiento de la vida humana en un puñado de lúcidas claves de orientación, incluso en los momentos más sombríos de la existencia.



11.- Cultiva la confianza, la valentía, la iniciativa,  la tenacidad y la paciencia.



12.- Armoniza la actitud idealista y la realista.



13.- Es competente y eficaz de modo desinteresado, leal, respetuoso de la libertad de los demás y afanoso de su bien, suscita en las gentes un sentimiento de confianza incondicional.







domingo, 20 de agosto de 2017

LA FORMACIÓN PARA LA PAZ

LA FORMACIÓN PARA LA PAZ
Alfonso Lopéz Quintás

Ante la hecatombe provocada por la primera guerra mundial (1914-1918) se planteó dramáticamente la pregunta de quién fue el culpable de tal horror. Afanosos de buscar las últimas causas, diversos pensadores sentenciaron que la culpa radical no debe ser atribuida a uno u otro de los contendientes sino a la condición espiritual del hombre. De ella surge el poder de pensar y proyectar. El animal mata lo necesario para subsistir, pero no monta guerras. No hemos visto nunca a una horda de guepardos planear una guerra contra una horda de leones. El hombre no recibe la vida planificada: debe él programarla, y para ello dispone de las condiciones necesarias.
Esta es la gran cuestión que debemos aclarar si queremos plantear debidamente el tema de la paz. El espíritu puede planificar conflictos de todo orden, pero ¿lo hace necesariamente?¿No puede, asimismo realizar proyectos de paz? ¿En qué casos lleva a cabo lo uno o lo otro? Quiero manifestar desde el principio mi posición al respecto: Si consagramos las fuerzas del espíritu a realizar el ideal del dominio y la posesión, provocamos conflictos. Si orientamos la vida hacia el ideal de la unidad y solidaridad, instauramos paz.
Durante los cuatro siglos de la Edad Moderna -sumamente fecunda en muchos aspectos-, el hombre occidental vivió y trabajó a impulsos del ideal que implica el llamado “mito del eterno progreso”. El conocimiento científico da lugar al conocimiento técnico; éste permite dominar la realidad en torno, producir artefactos, lograr bienestar y felicidad. Elevando esta progresión a la enésima potencia, se concluye que un saber científico muy elevado dará lugar a una medida correlativa de poder técnico, de dominio de la realidad, de creación de artefactos y de logro de felicidad. En el año 1914, una ciencia y una técnica asombrosas dieron lugar al mayor conflicto de la historia, no a situaciones de felicidad altísima. Millones de jóvenes inocentes pagaron al precio de sus vidas un error de sus mayores: suponer que es automática la vinculación entre el dominio de cosas y personas y el sentimiento de felicidad. No repararon en que el cultivo de la ciencia y la técnica, si se realiza con una actitud egoísta, no une a los hombres y los pueblos; los escinde y enfrenta. Con profunda razón pudo decir el gran humanista y científico Albert Einstein: “La fuerza desencadenada del átomo lo ha cambiado todo, menos nuestra forma de pensar. Por eso nos encaminamos hacia una catástrofe sin igual".
¿En qué consiste cambiar la "forma de pensar"? En cambiar el ideal. La sociedad occidental se encontró en 1918 sin razón de ser, sin el impulso que la había llevado a conseguir increíbles éxitos en muchos órdenes. Una sociedad sin ideal es un velero sin timón en medio de una tormenta. “No puede Vd. Figurarse -me dijo en una ocasión Romano Guardini, el gran guía de la juventud alemana- cómo encontré a los jóvenes alemanes cuando me hice cargo del Movimiento de Juventud. Su ideal consistía en encerrarse en las cervecerías, espesar el aire con el humo del tabaco y jugar a las cartas”.
La falta de ideal conduce al desconcierto. El desconcierto anula en buena medida la capacidad creadora, la capacidad sobre todo de fundar auténticos vínculos personales y darle así sentido pleno a la vida. Esta falta de sentido se traduce en tedio y vacío existencial, la conciencia difusa y amarga de no tener razón de ser. A esta conciencia se debe, según el psicólogo vienés Viktor Frankl, la mayoría de los desarreglos psíquicos que padece el hombre actual(1).

Nada extraño que los espíritus más lúcidos hayan pedido clamorosamente un cambio de ideal. Ya sabemos que el ideal no es una mera idea. Es una idea motriz, una idea que implica un valor tan alto que constituye la clave de bóveda de todo el edificio personal. Del ideal pende todo en la vida del hombre, porque decide nuestro sistema de valoraciones. Lamentablemente, el desfondamiento espiritual típico de la post-guerra no permitió realizar el cambio de ideal que se solicitaba, el paso del ideal de la posesión y el dominio al ideal de la unidad y la solidaridad. Y sobrevino la segunda gran guerra (1939-1945). Tras ella, Europa se encontró en el “desierto”, imagen que significa el grado cero de creatividad y de esperanza.

LA PAZ, COMO ACTITUD CREATIVA
Para levantar el ánimo de sus derrotados compatriotas franceses, ese hombre lúcido que fue Antoine de Saint-Exupéry escribió El principito, y su mensaje se cifra en un sencillo ruego: “¡Por favor, dibújame un cordero!”, es decir: elévate al plano de la vida creativa(2). Te hallas en el desierto; tu avión -lo único que te queda de cuanto poseías- ha fallado y se halla reducido a la condición de cacharro inútil. Pero todavía es posible darle sentido a la vida. Ese sentido brota en el encuentro, la relación interpersonal que no fue posible ni con el vanidoso, ni con el bebedor, ni con el hombre de negocios obsesionado por poseer y tener; pero puede surgir en el desierto de la humillación absoluta.
Este gran escritor, que iba a sucumbir muy pronto en la última de las misiones de guerra que le habían permitido realizar, entendió muy bien cómo hay que superar las consecuencias de los conflictos y las causas do los mismos: elevándose de nivel, del nivel del dominio de artefactos al nivel de la creación de lazos personales. Su mensaje, trasmitido en plena contienda mundial, no habló de rencor ni de revancha, sentimientos propios de espíritus resentidos, sino de dar el salto a un plano de creatividad en el que florece el encuentro personal, que es lo único que puede transfigurar la vida del hombre y cuanto le rodea. Una vez que se hicieron amigos el piloto y el principito, éste debía volver con los suyos, y para ello tenía que soportar el trauma de la muerte, que le iba a provocar la serpiente. Por eso le dice al piloto: Tú no vengas, porque vas a creer que sufro, y no sufro, tengo la satisfacción de volver a casa; va a parecerte que muero, y no muero, vivo un tránsito... El encuentro transfigura el dolor y la muerte. Pero transfigura también el desierto, que se convierte en el paisaje más bello de la tierra, porque en él surgió una bella amistad, y transfigura los espacios siderales ya que, una vez que se vaya el principito, en una de las estrellas habrá un amigo que sabe reír...
De manera genialmente sencilla se nos sugiere aquí que la paz es una actitud creativa; crea vínculos estables, fuertes, entrañables. No se reduce a mera falta de conflictos. De ahí la necesidad ineludible de configurar un auténtico Humanismo de la unidad si queremos cultivar la paz. Es una tarea de gran empeño que supone un reto para las generaciones actuales.
Esta colosal tarea apenas ha sido abordada por la sociedad. De hecho, el mensaje de Saint- Exupéry no fue escuchado, y hoy nos hallamos en la misma situación de incertidumbre, apatía y desánimo de las dos últimas posguerras. ¿Por dónde hemos de empezar la labor? Se nos dice actualmente que debemos formar a los niños y jóvenes para la paz. Es un gran propósito, pero hemos de estudiar a fondo todo lo que implica para ir a lo esencial y tener garantía de éxito. Si no ahondamos en los problemas y los planteamos con todo rigor no lograremos resolverlos. En un plano de superficialidad triunfan inevitablemente los manipuladores, los que halagan al pueblo para someterlo luego a vasallaje.

Si queremos realizar una auténtica formación para la paz, hemos de estudiar cuidadosamente cómo estamos constituidos los seres humanos, cuáles son las leyes de nuestro verdadero desarrollo como personas y como seres comunitarios. Si cumplimos esas leyes, tenemos seguridad de configurar un clima de encuentro y, por tanto, de paz.

EL SER HUMANO Y EL ENCUENTRO
La ciencia biológica más cualificada nos enseña actualmente que los hombres somos "seres de encuentro", vivimos como personas, nos desarrollamos y perfeccionamos creando toda serie de encuentros. Para encontrarnos, debemos cumplir ciertas exigencias: generosidad, apertura al otro, disponibilidad, veracidad, fidelidad, sencillez, cordialidad, libertad interior... Soy libre de verdad cuando no estoy sometido a mis apetencias inmediatas, sino cuando tomo distancia de éstas y elijo en función del ideal de la unidad y solidaridad. Entonces puedo encontrarme de verdad con otras personas. El concepto de encuentro ha de ser entendido, rigurosamente, como el entreveramiento de dos realidades que son centros de iniciativa y se ofrecen posibilidades con el fin de enriquecerse mutuamente. Este enriquecimiento tiene lugar cuando instauramos formas elevadas de unidad. Por eso no hay nada que nos una tanto como compartir el deseo de hacer el bien en común(3).
Este deseo es suscitado por el ideal de la unidad. Es un ideal que debemos descubrir y asumir como algo propio y profundo, lo más profundo y lo más propio de nuestro ser. A veces, ese descubrimiento se realiza súbitamente, merced a un testimonio elocuente. Tras la última guerra mundial se formaron en Centroeuropa diversos campos de refugiados para albergar a quienes habían huido del Este y se hallaban en una situación límite. Un buen día apareció en uno de esos campos un hombre desconocido -el hoy legendario P. Werenfried van Straaten-, y en nombre de un Dios que es amor les repartió alimentos y vestidos. Entre los refugiados se hallaba una niña de seis años, que actualmente sirve en la India como religiosa a los más pobres.
"Aquel día se decidió mi vocación -confesó-. Hasta entonces nunca había oído la palabra amor, ni había experimentado lo que era sentirse amada. Como por un relámpago, descubrí que éste era el ideal de mi vida: servir a ese Dios que es capaz de vencer el odio con el amor".
El ideal del amor, cuando resplandece en un testimonio vivo, eclipsa el poderío devastador del odio y la destrucción. Si realizo un encuentro auténtico, aunque sólo sea una vez en la vida, tengo luz para toda la vida, luz para comprender dónde está mi verdadero ideal, y cuál es en consecuencia mi auténtica vocación y mi auténtica misión.
Al encontrarnos de verdad, se crea un campo de juego común, y en éste sucede algo magnífico: se superan las divisiones entre lo mío y lo tuyo, la independencia y la solidaridad, el interior y el exterior, el dentro y el fuera... Si me encuentro contigo y soy amigo tuyo, tus problemas son mis problemas, tus gozos son mis gozos, pues yo no estoy aquí y tú estás ahí fuera de mi; ambos nos hallamos creando un ámbito de interacción, de ayuda mutua, de comprensión y participación. Entonces es posible una forma penetrante de empatía, que me permite verte por dentro, ponerme en tu situación, contemplar la vida desde tu perspectiva y adoptar tus puntos de vista.

Cuando creamos auténticos encuentros, tenemos hogar, en el sentido profundo en que utilizan este vocablo los pedagogos actuales. Nietzsche declaró amargamente: "¡Ay de aquel que no tenga hogar! ". Carece de hogar el que no crea vínculos interpersonales, el que no “habita en sentido transitivo”, el que no funda espacios de comprensión, de amistad e intercambio.


CONDICIONES PARA INSTAURAR LA PAZ
En esquema, formarse para la paz supone las actividades siguientes:
1. Aceptarse uno a sí mismo, a la propia realidad personal con todo cuanto implica.
2. El ser humano es un "ser de encuentro". Sólo se desarrolla y realiza cabalmente cuando cumple las condiciones del encuentro: generosidad, fidelidad, cordialidad, veracidad, respeto... Respetar al otro en lo que es, en su condición de persona, es disponerse para la concordia. Reducirlo de rango es prepararse para el ataque. Cuando se reduce a una persona o un pueblo a mero obstáculo en el camino, estamos en franquía para intentar anularlo. Es el preludio de todos los conflictos.
3. Las condiciones del encuentro las cumplimos decididamente cuando encaminamos nuestra vida hacia el ideal de la unidad. Se nos viene pidiendo desde la primera guerra mundial que cambiemos el ideal. Si de manera expresa o tácita seguimos orientados hacia el viejo ideal de la posesión y el dominio, estaremos colaborando a crear un clima de conflicto. Del ideal pende todo: nuestro sistema de valoración, nuestra escala de preferencias, nuestras pretensiones. Si nuestro ideal es el ajustado a nuestro ser personal, seremos fundadores de paz. Si es un ideal falso, generaremos lucha y conflicto, porque nosotros mismos estaremos desgarrados internamente entre lo que somos y lo que debiéramos ser. Para fundar paz, hay que empezar por conseguir el equilibrio personal y la armonía interior.
4. Este equilibrio armónico es destruido por la caída del hombre en las diferentes formas de vértigo o fascinación. Proclamar que uno está contra la guerra y a favor de la paz y fomentar a la vez la actitud de hedonismo egoísta -fuente de las experiencias de vértigo- es una grave incoherencia. La sociedad está desgarrada hoy día por toda suerte de incoherencias de este género.
5. Ese equilibrio interior es conseguido cuando se entrega uno a las experiencias de éxtasis, que son experiencias de creatividad y encuentro. En la unidad valiosa que implica el encuentro se halla la verdad profunda del ser humano. Podríamos decir, pues, con todo rigor que formarse para la paz es formarse para amar la verdad incondicionalmente, desinteresadamente. La verdad no es objeto de posesión. No tiene sentido hablar de “mi” verdad. La verdad no la poseo; soy nutrido por ella. No puedo mercadear con la verdad, como si fuera objeto de canje. El mentiroso juega con la verdad porque la rebaja a condición de medio para sus fines. El hombre veraz se atiene a la verdad porque confía en su valor, en su capacidad de orientar debidamente su vida. Si la verdad dependiera de él, si no fuera absoluta sino relativa, no podría comprometerlo en lo más íntimo porque no suscitaría una confianza incondicional. Por eso el hombre veraz celebra que la verdad sea estable, absoluta, ab-soluta, libre de todo condicionamiento, ya que sólo puede ob-ligarse a lo que merece confianza absoluta debido a su solidez inquebrantable. Es necesario para el crecimiento de la persona que haya verdades absolutas que constituyan para el hombre puntos últimos de referencia que den sentido a su vida.
Por eso el relativismo y el subjetivismo destruyen el verdadero diálogo, que consiste en buscar la verdad en común, una verdad que conceda a las propias ideas auténtica densidad y valor. El relativismo parece en principio muy tolerante, pero es la raíz última de las actitudes intransigentes, pues el que no se adhiere a la verdad acaba dominado por los propios intereses. El relativista suele ser intransigente en la defensa de que todo es relativo.
De lo antedicho se deduce que ser tolerante no equivale a ser permisivo, condescendiente a ultranza por la convicción de que la validez de las opiniones y las actitudes no pende de un canon externo al hombre sino del modo de ser de cada sujeto. Este tipo de permisividad no implica tolerancia sino más bien indiferencia; denota una falta de compromiso con los valores y con la verdad.
Estas condiciones de la paz exigen todo un proceso formativo, riguroso y sistemático. Es la tarea de la Escuela de Pensamiento y Creatividad, un proyecto formativo que estoy promoviendo en España e Iberoamérica desde 1987 con el fin de incrementar el desarrollo humano y lograr una verdadera paz (4).
(1)Cf. El hombre en busca de sentido (Herder, Barcelona 1979). Versión original: Man’s search for meaning: An introduction to logotherapy, Pocket Books, Nueva York, s.f.
(2)Cf. El principito, Alianza Editorial, Madrid 21972, p. 17; Le petit prince, Harbrace Paperbound Library, Nueva York 1943, p. 6. Un amplio comentario a esta obra puede verse en mi libro Cómo formarse en ética a través de la literatura, Rialp, Madrid 21994, págs. 197-229.
(3)Estos temas son expuestos pormenorizadamente en mi obra Inteligencia creativa. El descubrimiento personal de los valores, BAC, Madrid 21999, págs. 125-193.
(4)Cf. Inteligencia creativa. El desarrollo personal de los jóvenes, BAC, Madrid 21999. Cómo lograr una formación integral. El modo óptimo de realizar la función tutorial, San Pablo, Madrid 1996.


EL LÍDER AUTÉNTICO

EL LÍDER AUTÉNTICO
Alfonso López Quintás

1.- El líder verdadero es un portavoz de los valores
El que se ve enriquecido con un bien, desea comunicarlo por la tendencia de tal bien a expandirse, como sucede con la luz… Esta voluntad de compartir con otros el bien que uno alberga, funda auténtica vida comunitaria. Ésta se crea cuando se ponen en común los bienes materiales y, sobre todo, los espirituales.

2. Cualidades intelectuales del líder auténtico
Para ser auténtico y, por tanto, eficaz, un líder debe estar bien formado intelectualmente a fin de pensar con el debido rigor, saber prever y ser capaz de orientar a los demás por una vía de desarrollo  personal armónico y rico.

a.-  El líder debe conocer a fondo el proceso de desarrollo del ser humano…
…el líder auténtico -que es el antónimo del tirano- se propone como meta fundamentar sólidamente sus ideas y convicciones, para ofrecer a las gentes una cultura integral, no medias verdades o afirmaciones faltas de fundamento…

b.-  El buen líder ha de poseer el arte de pensar de modo preciso y riguroso.
Uno de los cometidos básicos de la tarea educativa es promover en las personas la capacidad de conocer profundamente las realidades, las situaciones y los acontecimientos. Tal conocimiento se logra al verlos en su génesis y su desarrollo. No basta tomar nota de su existencia. Debemos seguir su proceso de gestación para comprenderlos en su raíz. El buen líder es radical en sus planteamientos y soluciones, es decir, se esfuerza por ir al origen de los problemas.
Para promover la vocación de liderazgo en los jóvenes, no debemos únicamente facilitarles ideas fecundas, bien configuradas y delimitadas por nosotros. Hemos de sugerirles el modo de llegar a ellas por sí mismos, verlas en estado naciente, entusiasmarse con su riqueza interior y transmitir ese entusiasmo a otras personas de forma persuasiva.
Este conocimiento genético de la vida humana sólo podemos conseguirlo si cultivamos las tres condiciones básicas de la inteligencia: largo alcance, amplitud o comprensión y profundidad.
Ver sólo lo que se ofrece inmediatamente a nuestra vista es una especie de miopía mental que nos impide descubrir lo que se halla más allá. Sorprendes a alguien mirando hacia el interior de una habitación. Lo primero que observas es el significado de esa acción: esa persona intenta percibir algo que está situado más allá de la ventana. Si piensas con largo alcance, procuras descubrir qué es lo que quiere ver y con qué intención. Esta intención otorga un sentido u otro al acto de mirar. ¿Es un acto de espionaje o se reduce a mera contemplación morbosa? ¿Se trata, más bien, de comprobar si se halla en la habitación un familiar que no responde a las llamadas?
Para captar el sentido de tal acción, debemos ejercitar un pensamiento "relacional", "comprehensivo", que nos permita vincular diversos elementos. Por ejemplo: la persona que está mirando sabe que su familiar se halla en esa habitación; le ha llamado y no contesta; sospecha que le ha pasado algo y decide mirar antes de pedir socorro. El sentido de esta acción inusual encierra mayor complejidad y hondura que el mero significado de la misma.
Si queremos descubrir dicho sentido, debemos pensar de modo penetrante, ir a lo hondo de los acontecimientos y no quedarnos en la superficie de los mismos.
Este ejemplo pone al descubierto, debidamente conjugadas, las tres condiciones de la inteligencia madura. En la simple descripción de las mismas resaltan dos niveles de realidad: el físico-objetivo (nivel 1) y el ambital-creativo (nivel 2). Por una parte, alguien quiere ver lo que hay dentro de una habitación cerrada. Es un dato inmediato, fácil de captar -nivel 1-. En un plano superior de realidad y de vida, se da el sentido de tal acción -nivel 2-. Este sentido es más difícil de descubrir pues depende del tipo de relación que tenga el que mira con la persona que desea ver. Tal relación puede ser superficial o profunda, indiferente o amistosa, incomprometida o responsable.
Estos dos planos de realidad -el objetivo y el ambital- son distintos y conjugables. Si acertamos a integrarlos debidamente, estaremos en disposición de comprender a fondo lo que es nuestra vida de personas y lo que exige su pleno desarrollo. Este conocimiento ha de poseerlo el líder si quiere orientar fecundamente a las gentes.

c.-  Una vez conocida la distinción que media entre objetos y ámbitos y la función que ambos tipos de realidad juegan en el proceso de configuración de la personalidad humana, el líder ha de adoptar respecto a cada una de tales realidades la actitud adecuada:
La de dominio y manejo respecto a los objetos; la de respeto y colaboración libre respecto a los ámbitos. Intentar dominar los ámbitos equivale a reducirlos de valor, manipularlos y envilecerlos.
Por eso el líder auténtico se cuida de no reducir los ámbitos a objetos; más bien procura elevar ciertos objetos a condición de ámbitos…

d.-  El líder auténtico crea modos de unión entrañable con las realidades del entorno.
El líder auténtico se cuida de afinar la sensibilidad para conceder a los términos libertad y norma el sentido que presentan en cada contexto.
Si quiero ser libre tocando una obra en un instrumento musical, debo someterme a la norma de la interpretación que es la partitura y todos sus signos. Cuanto más fiel soy a la partitura -que refleja el pensamiento del compositor-, tanto más libremente me muevo por las avenidas de la obra. Aquí libertad significa seguridad, firmeza, conciencia de estar haciendo justicia a la obra y creando una fuente de belleza.

e.-  El buen líder está llamado a fundamentar el Humanismo de la unidad.
El buen líder procura ganar la perspectiva adecuada para lograr un conocimiento exacto de las realidades y los acontecimientos que tejen la vida humana. Si lo consigue, podrá guiarse a sí mismo y guiar a otros por la vía del pleno desarrollo personal. En caso negativo, confundirá unirse y fusionarse, celebrar una fiesta y entregarse a una orgía, alejarse para dominar y tomar distancia para hacer justicia a la riqueza de una realidad. Esta confusión está en la base de múltiples errores básicos, que bloquean el crecimiento de las personas.

3.-        Líderes verdaderos y líderes falsos
Cabe distinguir clases diversas de líderes en función de la actividad que ejercen, la preparación que tienen, la tendencia a defender la verdad o a propalar la falsedad, la meta que persiguen... Una persona puede ejercer funciones de líder en ámbitos diferentes -el familiar, el grupal, el nacional, el internacional...- y respecto a vertientes de la vida distintas: la económica, la artística, la política, la ética, la educativa, la religiosa...
Existe el líder político, que presenta un programa de acción, recluta adeptos y aspira al poder con el fin de modelar la sociedad de la forma que juzga más adecuada.
Un profesor está llamado también a ejercer un modo peculiar de liderazgo, ya que por vocación y profesión debe orientar a niños y jóvenes a descubrir las leyes de la vida personal, que son las normas que rigen los procesos creativos.
De modo análogo, deben ser líderes un sacerdote, un escritor, un padre de familia...
Quienes configuran la opinión pública a través del arte, la literatura, el pensamiento, los medios de comunicación social... pueden y deben ejercer función de líderes.
En sentido estricto, se entiende por líderes las personas bien dotadas que conocen profundamente la vida humana -vista como un nudo de relaciones- y saben ofrecer a los demás claves certeras de interpretación de la misma. Merced a tal orientación, otras personas menos formadas pueden desempeñar el papel de guías respecto a las personas y grupos de su entorno…
Muy a menudo, los líderes políticos dedican serios esfuerzos a cultivar su "imagen" con el fin de ser considerados como "carismáticos". Olvidan que el único carisma auténtico de un político consiste en ofrecer confianza. Y ésta es suscitada por la eficacia, la coherencia, la veracidad. El que se limita a aderezar su imagen para ejercer el arte de seducir al pueblo no es un líder auténtico; es, más bien, un embaucador, pues exalta a las gentes al tiempo que las somete a toda suerte de servidumbres espirituales.
Líder auténtico es el guía que orienta a alguien hacia lo que constituye un bien para su vida. Puede ser un bien parcial -de tipo económico, cultural, deportivo...-, o un bien que afecta al conjunto de su persona. El máximo bien de un ser humano es el desarrollo pleno de su personalidad.
Líder falso es el guía que conduce a las personas por vías que reducen su dignidad, amenguan sus defensas y las dejan a merced de los afanosos de poder. Esta actividad envilecedora puede afectar a ciertos aspectos concretos de la vida -económico, político, cultural...- o bien a lo esencial de la misma, a su sentido más hondo.
El líder verdadero promueve el poder creativo de las personas y contribuye, de este modo, a que se unan entre sí mediante la creación de estructuras fecundas. El líder falso procura restar capacidad creativa a las gentes, a fin de que pierdan libertad interior, por no ser capaces de interiorizar el deber, es decir, convertir en íntimas las normas que les vienen sugeridas de fuera. Esa falta de creatividad las lleva a depender de instancias externas y ajenas. Tal dependencia las gregariza y masifica.
He aquí una clave de interpretación de la vida humana: Cuando la actividad de un dirigente torna gregario al pueblo, estamos ante un líder falso. El guía verdadero otorga a las personas que lidera poder de discernimiento y de iniciativa, capacidad de ser autónomas y solidarias al mismo tiempo.
Líder auténtico no es sencillamente el que tiene capacidad de guiar a las gentes, sino el que las conduce a su pleno desarrollo, que constituye su bien, su auténtica meta. El ilusionista que tergiversa los conceptos y los vocablos para llevar a las personas a su particular molino ideológico priva a éstas de la capacidad de pensar con precisión y elegir lúcida y libremente el verdadero camino de su plenitud personal.
El buen líder busca la verdad hasta el fin, pues no se contenta con medias verdades.
Ese amor a la verdad -vista como la patentización de la realidad que nos permite realizarnos- nos lleva a sentir una profunda insatisfacción ante cuanto signifique deterioro de la vida humana y, consiguientemente, de la propia realidad personal. Pensemos en la decadencia cultural, el declive de la sabiduría, la insensibilidad ante los grandes valores, la inautenticidad en todos los órdenes...

4.-        El buen guía ejerce un liderazgo compartido
Se trata de un liderazgo compartido, que se basa en la participación en un ideal común y en el logro consiguiente de una forma auténtica de vida comunitaria. Adviértase que la meta de esta forma de liderazgo no se halla fuera de las personas que lo comparten, como sucede con ciertos liderazgos políticos o económicos. Consiste en lograr el máximo desarrollo de cuantos son convocados a una acción común. De ahí su interés en ilusionarlos con el verdadero ideal, no en tornarlos ilusos proponiéndoles metas inasequibles.

El líder auténtico realiza experiencias profundas, cultiva el pensamiento, el lenguaje y el silencio, recoge aquí y allá ideas fecundas, las medita, selecciona y ensambla, y llega a condensar su conocimiento de la vida humana en un puñado de lúcidas claves de orientación, que nos permiten orientarnos certeramente por los caminos de la existencia, incluso en los momentos más sombríos.

5.         El líder aúna sus energías para relacionarse plenamente con los demás
Para perfeccionarnos, debemos amar la verdad incondicionalmente y perseguirla hasta el fin sin quedarnos en medias verdades. Amar la verdad significa aceptar y estimar la realidad tal como ella se manifiesta a quien la mira sin prejuicios. Por eso el que ama la verdad procura conocer de cerca la realidad propia en todo su alcance: las leyes de su desarrollo, su origen y su meta, las entidades con que debe relacionarse -las demás personas, las instituciones, la justicia, la belleza, los valores de todo orden, el lenguaje, el Ser Supremo...
El que ama la verdad procura aprender el arte de trascender, a fin de ver la realidad humana en todas sus dimensiones. Por eso se esfuerza en valorar, por encima de los meros hechos, los acontecimientos, y, más allá de las meras figuras, las imágenes. De ahí su sensibilidad para los símbolos y toda suerte de gestos expresivos.

6.         El líder ayuda a las gentes a configurar su vida
Impulsado por esta voluntad de enriquecer a las personas, el líder no adopta una actitud pasiva ante los acontecimientos de la vida diaria. No se limita a "verlas venir"; se anticipa a los sucesos. No se deja modelar por las circunstancias; se adelanta a ellas para configurar su vida y la de los otros sobre la base de unos principios fecundos…
Un dirigente debe ser precavido, adivinar las necesidades que va a tener un pueblo y preparar a las gentes para resolver los problemas que la marcha de los acontecimientos pueda suscitar. No es líder auténtico quien no sabe prever.

7.         El líder ejerce función de guía para servir, no para dominar
El auténtico guía no se mueve por afán de dominio  sino de servicio. Por eso no se siente nunca dueño del destino ajeno y no guía a personas y pueblos a donde a él le conviene sino a la meta que les marca su vocación y su misión personales. El auténtico líder es un ser tolerante y sembrador de concordia, pues su labor se dirige primordialmente a crear unidad con los demás, a la luz de la verdad compartida e infundirles de ese modo una elevada autoestima.

8.         El buen líder vive históricamente
El líder ha de vivir históricamente, es decir, ha de recibir activamente el elenco de posibilidades que han transmitido las generaciones pasadas a la sociedad en que vive y comunicarlas a sus contemporáneos, a fin de que todos creen nuevas posibilidades y las transmitan a las generaciones posteriores. De esta forma, cuanto el líder ofrece al pueblo se halla asentado sólidamente en la mejor tradición (11) . La tradición no es un peso muerto que gravita sobre los pueblos en cada instante de la historia; es la fuente de las posibilidades que hacen posible su actividad creativa.

9.         El líder verdadero cultiva la confianza, la valentía, la tenacidad y la paciencia
Saber que uno está en vías de conseguir el ideal otorga una gran confianza en el camino emprendido. Esta confianza nos permite vencer el miedo a los obstáculos y al fracaso, y nos inspira una prudente audacia, actitud que supera la pusilanimidad de la cobardía y modera el ímpetu extremoso de la temeridad. Esta energía equilibrada se define como valentía.
El líder no debe ser nunca apático, cobarde o pusilánime, sino valiente y magnánimo. Ha de ser constante en su empeño, porque la constancia es la forma de llegar muy lejos un ser finito, limitado, ya que insistir es profundizar. Los genios fueron, de ordinario, tenaces trabajadores.
Con la tenacidad y la constancia va unida estrechamente la paciencia, no entendida como la mera capacidad de aguante sino como la voluntad de ajustarse a los ritmos naturales. Aguantar es propio de muros y columnas, que son realidades físicas -nivel 1-. Ajustarse a un ritmo es una actividad creativa -nivel 2-. El ejercicio de la paciencia es una actividad que se realiza en un nivel superior a aquel en que se da el aguante. El líder debe ser paciente en el trato con las personas a quienes guía porque la relación interpersonal sólo es fecunda cuando es respetuosa y reversible, de doble dirección. Respetuosa, porque las personas guiadas deben tener capacidad de iniciativa para recibir activamente las posibilidades que el líder les otorgue en uno u otro aspecto. Reversible, porque guiar no es arrastrar, sino sugerir el camino que una persona debe seguir lúcida y libremente, por convencimiento íntimo, para llevar a pleno desarrollo sus mejores capacidades y realizar el ideal de su vida…
El buen líder es paciente, sabe esperar. Siembra a menudo para que otros recojan. Renuncia muchas veces a cosechar él los frutos. Es hombre de fe y de esperanza; confía en que la semilla va a fructificar, pues todo germen acaba desarrollándose, aunque uno no llegue a verlo…
Por ser competente y eficaz de modo desinteresado, leal, respetuoso de la libertad de los demás y afanoso de su bien, suscita en las gentes un sentimiento de confianza incondicional.


10.       El líder auténtico armoniza la actitud idealista y la realista
El líder debe ser idealista y realista a la vez, es decir, ha de enardecerse con el auténtico ideal humano, pero cuidando de ajustarse en todo momento al modo de ser de las personas y cuanto ellas implican. Vive con ilusión, pero no es un iluso. Quiere perfeccionar al hombre concreto, con sus anhelos y sus limitaciones, su afán de crecer y su apego a lo fácil. Por eso su empeño es orientarlo hacia la fuente de energía inagotable que posee: el ideal de la unidad. El auténtico líder quiere suscitar las fuerzas que laten en el interior de la persona a la que se propone impulsar. No confía demasiado en la eficacia de los impulsos externos. Por eso rehuye empujar a las personas desde fuera y se ocupa de movilizar sus energías interiores.


TRES TIPOS DE LIDERAZGO

TRES TIPOS DE LIDERAZGO 
LIDERAZGO TRANSFORMACIONAL Y TRANSACCIONAL
Alfonso López Quintás

Hay modos diversos de ejercer el liderazgo. Todos son nobles y fecundos, pero presentan rangos distintos según el grado de compromiso que implican, la preparación que exigen, el nivel de planteamiento que suponen. Agrupémoslos en tres niveles de rango ascendente.

1. Liderazgo de nivel 1. Todos podemos y debemos ser líderes en el sentido de guiar a otros en un momento determinado, ofreciéndoles con el ejemplo una ruta fecunda a seguir. Si un profesor es fiel a sus obligaciones, se comporta de modo cordial y crea en la clase un clima de encuentro, está invitando a los alumnos con su conducta a acercarse al área de irradiación de diversos valores. Los guía hacia ellos de modo certero. Actúa como un verdadero líder. Para llevar a cabo esta tarea no necesita poseer un conocimiento profundo de la vida humana; le basta tener una sensibilidad fina para los valores y estar dispuesto a realizarlos en su vida.

2. Liderazgo de nivel 2. Esta forma de liderazgo cobra un valor más alto si, además de ofrecer a otras personas la luz que irradia el buen ejemplo, sabemos dar razón cumplida de la conveniencia de tomar tal dirección. Un amigo que se ve desorientado por haberse dejado arrastrar por un vértigo te pide consejo. No convive contigo y no puedes animarle con tu comportamiento a vivir de modo ordenado, abierto a la felicidad que otorga el encuentro y no fascinado por la euforia que produce el vértigo. Aleccionado por tu propia experiencia, le aconsejas que busque la felicidad por los caminos del éxtasis, no por los del vértigo, que lo llevarán a situaciones de total desvalimiento. El consejo es óptimo, pero debes pensar que en muchos casos cae en vacío. En primer lugar, el adicto sospecha que se halla al borde del abismo, pero no sabe precisar lo que le pasa por desconocer la articulación interna del proceso de vértigo que lo está succionando. Tu consejo le suena a algo consabido e inútil, porque no le abre posibilidad alguna de volver atrás y poner su vida en orden. No se ve con fuerzas para rehacer el camino y no logra comprender por qué, habiéndolo iniciado con tanta ilusión, se halla ahora en total desamparo.
Pero suponte que sabes bien de dónde arrancan los procesos de vértigo y cuáles son sus distintas fases, y adviertes que esa persona se halla en la fase penúltima, la de la desesperación, en la que se ve incapaz de llevar una vida auténticamente personal ya que, al adoptar una actitud básica de egoísmo, anuló de raíz toda posibilidad de encuentro. Entonces verás claramente que la única solución posible para tu amigo es cambiar la actitud egoísta por la actitud de generosidad, lo que equivale a sustituir el ideal de servirse de los demás por el ideal de servir a los demás. Este cambio no le es fácil realizarlo, sobre todo en el ambiente que le llevó a la adicción patológica que sufre. De ahí la necesidad de cambiar de ambiente, salir del entorno que le inspira la actitud egoísta de buscar gratificaciones a cualquier precio e insertarse en otro donde sienta el influjo benéfico del ideal de la generosidad. No pocos drogadictos me confesaron que se hallaban en una situación límite, sin esperanza alguna de recuperarse, cuando una mano amiga los llevó a un centro de rehabilitación. Desde el principio notaron un cambio en su interior: «Aquí dentro -me decían- tenemos otra "filosofía": nos ayudamos unos a otros y no paramos hasta levantar el ánimo de quien se halle bajo de moral. Fuera, nadie ayuda a nadie”. El contraste entre los términos “fuera” y “dentro” es en estos centros dramático, pues tales términos aluden a lugares donde reinan dos ideales antagónicos: el ideal de la reclusión egoísta en sí mismo y el ideal de la unidad con los demás.
La forma adecuada de ayudar a un adicto no es urgirle a que se aleje de lo que le arrastra, pues su problema consiste en que no tiene libertad interior para realizar ese acto de despego. Lo único eficaz es ir al origen de su adicción y procurar que cambie de ideal y de actitud básica ante la vida.

3. Liderazgo de nivel 3. El que posee un conocimiento preciso de las distintas fases de los procesos de éxtasis y de vértigo y se lo transmite a otras personas realiza una labor de líder todavía más valiosa. Se trata de un liderazgo en primer lugar intelectual, pues pone empeño en aclarar las ideas. Ya sabemos que la corrupción de las costumbres suele comenzar por la corrupción de la mente y los conceptos. Ello explica el empeño de este tipo de líder en clarificar los conceptos básicos y subrayar la afinidad o la oposición que pueda haber entre ellos.
Al descubrir el inmenso contraste que existe entre la desolación espiritual que produce el proceso de vértigo y el estado de felicidad a que nos conduce el proceso de encuentro -o de “éxtasis”-, el líder pone todo el corazón en la labor de magisterio que realiza y mueve las voluntades a tomar medidas. Ejerce con ello un liderazgo de la voluntad.
Cuando describe la marcha de ambos procesos, destaca los sentimientos opuestos que éstos producen en nuestro interior. Los sentimientos de euforia, tristeza, angustia y desesperación provocados por el vértigo aparecen como un preludio de la destrucción final de la personalidad. En cambio, los sentimientos de alegría, entusiasmo, felicidad, paz, amparo interior y gozo festivo que suscita el proceso de éxtasis son los heraldos de la construcción de la personalidad a través del encuentro. Hacer ver que los distintos sentimientos son fuentes de luz para conocer cuál es nuestra situación interior en cada momento es llevar a cabo un liderazgo del sentimiento.
Si queremos ejercer esta triple forma de liderazgo de modo eficaz debemos crear equipos de trabajo y preparar debidamente a sus miembros para desempeñar el papel de mediadores o transmisores.
La realización de esta decisiva tarea exige dos habilidades básicas:
1ª) Saber elegir las personas idóneas y formarlas adecuadamente para que constituyan un equipo de colaboradores.
2ª) Poseer destreza en el arte de comunicar ideas, suscitar sentimientos y movilizar voluntades.

LÍDER TRANSFORMACIONAL Y LÍDER TRANSACCIONAL
El líder de nivel 3 no puede desempeñar cabalmente su función si no cuenta con personas capacitadas para comunicar con fuerza persuasiva la quintaesencia de su pensamiento y su método. La tarea investigadora que ha de realizar exige mucho tiempo y concentración. Por eso necesita delegar en colaboradores eficaces las tareas de organización y difusión. El buen líder no se siente obligado a realizar todas las tareas que implica su función de guía. Ésta comienza por descubrir claves de orientación de la vida y sigue por la selección de colaboradores y la promoción de los mismos a puestos de responsabilidad. El líder orienta y anima, procura descubrir nuevos talentos y los insta a prepararse para realizar una fecunda labor de liderazgo. Esta labor promotora de nuevos líderes es característica del llamado “líder transformacional”, que no intenta atraer hacia sí a una multitud de seguidores, sino orientarlos hacia el verdadero ideal. Se trata, por tanto, de un liderazgo compartido, impulsado por la participación generosa de todos en valores elevados, no por el afán de satisfacer algún interés propio, como sucede con el “liderazgo transaccional”. Un dirigente que se atiene a la situación en que se halla y no siente preocupación por mejorarla puede ser un buen administrador o gestor, pero no será un líder de nivel 3, función que debe ir adherida a todo cargo de responsabilidad. La dificultad que entrañan tales cargos es hoy mayor que nunca, debido a la complejidad de la vida actual y a la multitud de posibilidades nuevas que alberga y de riesgos que implica. Tanto más necesario es para todo responsable disponer de líderes de mediación que trasmitan y potencien su capacidad orientadora.
Estos líderes están llamados a realizar una labor de gran alcance, caracterizada por las siguientes tareas:
1. Ahondar en el pensamiento del promotor del proyecto educativo y perfeccionarlo en todos los órdenes. Si realizan esta función eficazmente, pueden llegar a convertirse en líderes de nivel 3. Tal conversión es una de las metas que persigue todo líder transformacional, cuyo propósito básico es la promoción de la calidad personal de sus seguidores.
2. Difundir, con talante creativo, la doctrina y el método del proyecto en el que se hallan comprometidos. Para ello han de poner en juego, dentro de sus posibilidades, toda suerte de medios:
- Dar conferencias, impartir cursos, publicar artículos y libros, grabar audiocassettes y vídeos, dirigir tutorías, recensionar libros, sostener debates, dirigir sesiones catequéticas, pronunciar homilías...
- Fundar y dirigir grupos de trabajo, conforme a las normas de las dinámicas de grupo. En los últimos tiempos se cultivaron profusamente estas dinámicas, a veces en detrimento de la labor orientadora de los líderes. Es conveniente fomentar la participación de los componentes del grupo de trabajo, pero no se puede reducir toda su labor al diálogo entre ellos. Se ha llegado a considerar como sesión de trabajo ideal aquella cuyo director se limita a presentar un tema escuetamente para dar paso a la discusión en grupos. Esta discusión resulta con frecuencia inútil cuando no va precedida de una oferta de claves de orientación por parte de un guía. Lo decisivo en tales encuentros no es tanto intercambiar opiniones, más o menos improvisadas, sobre el tema propuesto cuanto comprobar en qué medida son eficaces las claves de orientación propuestas por el líder del grupo en orden a resolver una serie de problemas. Si los asistentes regresan a sus casas con un puñado de claves que les permitan ganar la debida perspectiva respecto a grandes cuestiones de la vida, podemos hablar de misión cumplida. En cambio, reducir la sesión a una serie de coloquios y a la puesta en común del resultado de los mismos puede ser una cortina de humo que oculte la falta de un auténtico liderazgo. A menudo se hace pasar este procedimiento como un modelo de relación grupal “democrática” y se anatematiza la función dirigente del auténtico líder como una forma de “imposición dogmática e intransigente, no dialógica y participativa”. En esta acusación se confunde la oferta de claves de orientación con la imposición de doctrinas rígidas, y se identifica la tenacidad en la defensa de una posición bien razonada con la terquedad del que no admite razones adversas a su posición monolítica.
Este cultivo unilateral de las dinámicas de grupo no debe empañar su importancia en la tarea de realización de un proyecto formativo. De ahí la conveniencia de que todo líder conozca las normas que regulan la formación de grupos de trabajo y la dirección de los mismos.
-Ayudar a interpretar de modo penetrante toda suerte de obras culturales: filosóficas, literarias, cinematográficas... Para ello, el líder ha de cultivar el arte de leer y de contemplar con las tres condiciones de la inteligencia madura: largo alcance, amplitud, profundidad. Conviene aquí subrayar que hay, al menos, tres niveles de lectores y de espectadores:

1) El que se halla en un nivel cultural más bajo que el del autor y sólo puede captar algunas ideas inconexas de su obra. No descubre el sentido del conjunto y no acierta a ver la función que ejerce en él cada una de sus partes.

2) Un lector o espectador que posee un grado de cultura afín a la del autor y capta cada una de las ideas expuestas y su función dentro del conjunto de la obra, de modo que adivina el sentido profundo de lo que en ella se afirma. En la obra de Tirso de Molina El burlador de Sevilla y convidado de piedra, Don Juan se ofrece a alumbrar el camino a Don Gonzalo y éste le contesta: “¡No alumbres, que en gracia estoy!” (17) . ¿Se trata de una vana incongruencia o se nos revelan en esta sencilla frase los distintos niveles de realidad en que se mueven los personajes y las actitudes que adoptan en su vida? El lector de este segundo nivel sabe responder a estas cuestiones -que constituyen el tema de la obra, más allá de su mero argumento- y descubre el mensaje humanístico profundo que nos trasmite el autor.

3) Un lector o espectador que, por disponer de claves de orientación de la vida superiores en algún aspecto a las que guiaron en su día al autor, es capaz de sobrevolar el texto y determinar si el autor fue fiel en todo momento a su punto de partida y supo ver todo el alcance de su obra. Ciertas manifestaciones de Federico García Lorca parecen dar a entender que su obra Yerma expone el drama de una mujer que padece una esterilidad biológica (18) . El lector que conoce a fondo lo que es e implica el encuentro interhumano adivina que el verdadero drama de la protagonista consiste en la esterilidad espiritual que implica la falta de encuentro. Vista así, esta obra pasa de ser vista como “una tragedia rural de pasiones elementales” a ser considerada como una seria advertencia de que la falta de creatividad corroe las relaciones conyugales de forma extremadamente peligrosa.

En la genial película de Th. Dreyer Dies irae, dos jóvenes unidos por un amor “imposible” -según los cánones de la época- se acercan a un lago y suben a una barca. El joven pregunta: “¿A dónde vamos?”. La joven contesta: “A donde nos lleve la corriente”. En ese lago no había corriente alguna capaz de arrastrar esa barca. Se ve inmediatamente que el autor quiere elevarnos a un nivel superior al de los procesos naturales. El lector que se mueva en el nivel de los procesos espirituales percibe rápidamente que la corriente a que alude la joven es la del vértigo, que puede arrastrarnos a donde no queremos en principio ir. Vista así, la obra adquiere un gran valor estético y un poder formativo relevante.



EL DISCURSO DEL LÍDER

EL DISCURSO DEL LÍDER
Alfonso López Quintás
El arte de expresarse de modo persuasivo
Cada una de las actividades propias del líder tiene sus reglas propias, que conviene no desatender. Por lo que toca a las reglas de la comunicación, disponemos actualmente de libros de estilo que las exponen certeramente y ofrecen claves para aplicarlas en la práctica (19) . Me limitaré, por ello, a hacer algunas precisiones -a mi entender, muy eficaces- sobre la didáctica de la comunicación.

1. La corrección estilística y la precisión de conceptos. Para expresar el pensamiento de forma clara y persuasiva, es necesario redactar con precisión. Si a ello se une cierta elegancia de estilo, los conceptos expresados ganan un peculiar atractivo.

2. La articulación interna de una conferencia y de un artículo. Una conferencia debe seguir un ritmo distinto al de un artículo periodístico o una crónica. En éstos suele indicarse al principio lo más llamativo, a fin de que el apresurado lector prenda la atención y prosiga la lectura. Los conferenciantes, por su parte, comienzan a hablar con la seguridad de que los oyentes seguirán el hilo del discurso hasta el final. Esto les permite plantear el tema serenamente y desarrollarlo de tal modo que vaya adquiriendo una creciente complejidad e interés, al modo como sucede en las composiciones musicales barrocas, que en los últimos compases intensifican su expresividad de forma emotiva.

3. El discurso debe ser configurado de modo sugestivo. Este efecto se logra si se cumplen las siguientes condiciones:
a) El tema escogido ha de estar vinculado en alguna medida a las preocupaciones del público al que uno se dirige, de forma que cada persona se sienta apelada. Si tengo que escribir sobre el concepto de belleza expuesto por Jorge Santayana, filósofo español incardinado en los Estados Unidos, no debo comenzar aduciendo datos eruditos sobre este profesor, que, al ser poco conocido por muchos lectores, apenas despierta en ellos interés. Es más eficaz empezar destacando el atractivo de la belleza, la admiración que ésta produce al hombre de todos los tiempos y el carácter enigmático que todavía hoy presenta a quienes se ocupan de penetrar en su quintaesencia. Hagámoslo a continuación, por vía de ejercicio, a fin de mostrar cómo, de esta forma, el lector se adentra de modo espontáneo en el corazón del pensamiento de Santayana.
«Figúrense que alguien me pregunta "qué es la belleza" y yo le respondo: "La belleza es el esplendor de la realidad, de la forma, del orden". Mi respuesta es sin duda exacta y precisa; condensa siglos de investigación estética brillante. Pero ¿es adecuada a mi amable interlocutor, que desea hacerse una idea clara de uno de los fenómenos humanos más atractivos y enigmáticos? He de reconocer que posiblemente mi explicación le resulte inaccesible. Hubiera sido muy distinto si, en vez de dar una definición teórica, le hubiera dicho lo siguiente: Mire el Partenón. Repare en la armonía que surge al vincular la proporción y la medida o mesura. Todas las partes de la obra están proporcionadas entre sí y mesuradas conforme a un canon externo que es la figura humana. El encanto que produce esta peculiar forma de ordenación es denominado "belleza". La belleza es "una luz que resplandece sobre lo que está bien configurado", según formuló Santo Tomás, en la línea de la Estética griega. Este tipo de luz es bella de por sí ("Ipsa lux pulchra est"), como sugirió un eminente pensador de la Escuela de Chartres. Y esta belleza, al ser percibida, se convierte en fuente de goce. Santo Tomás troqueló esta idea en una sentencia vigorosa: "Pulcra sunt quae visa placent"; son bellas las cosas que, vistas, agradan. Uno ve merced a la luz, y la luz para comprender una realidad surge cuando se instaura orden. El orden se lo confiere a los seres su "forma" -en el sentido escolástico, subrayado por San Alberto Magno-. Ahora comprendemos perfectamente que los antiguos hayan definido la belleza como "el esplendor de la realidad, la forma, el orden".
Este modo de explicar basado en la experiencia directa es adoptado por Santayana en sus investigaciones sobre el sentido de la belleza. Quiere abrirse al hechizo de los datos que el mundo entorno nos facilita a cada instante y se hallan al alcance de todos. Con frecuencia sucede que estamos mirando algo y de repente una imagen salta a la vista y nos quedamos prendados de ella debido a su valor. "... A veces -escribe- esta emoción casual es tan fuerte que se sobrepone al interés que yo haya podido tener originalmente en los hechos exteriores; y puedo suspender mi acción o continuarla automáticamente, mientras mi pensamiento se absorbe en la imagen y se detiene en ella. Mientras iba traqueteando hacia el mercado en mi carreta aldeana, la belleza se arrojó sobre mí y las riendas cayeron de mis manos. Me vi transportado, en cierta medida, a un estado de trance. Vi con extraordinaria claridad y, sin embargo, lo que vi me pareció extraño y maravilloso porque ya no miré para comprender, sino tan sólo para ver. Dejé de preocuparme por el hecho, y me puse a contemplar una esencia"».
Al leer esto, el lector se adentra cordialmente en el enigma de la belleza y queda bien dispuesto para asumir de forma creativa las intuiciones de Santayana.

b) Es decisivo ir a lo esencial desde el principio y articular bien el discurso. Antes de empezar a comunicar algo, el líder debe analizar el tema punto por punto, sobrevolarlo para descubrir su articulación interna, determinar cuáles son sus aspectos más importantes y esbozar un modo de exponerlos adecuado a los destinatarios y al tiempo disponible. Si el oyente no capta desde el primer momento qué sentido tiene cuanto empieza a oír, se ve desconectado y necesita realizar un esfuerzo especial para seguir la marcha de la alocución. Cuando, desde el comienzo, es introducido en una cuestión importante, que se va desgranando ante sus ojos de forma coherente, bien articulada, de modo que una idea se conecta con otra en una sucesión bien trabada, se adentra en el asunto, lo piensa creativamente y no siente el peso del tiempo. Con ello supera de raíz el aburrimiento.

En cambio, una exposición que se limita a yuxtaponer ideas, sin dejar al descubierto su mutua vinculación, resulta tediosa al oyente, porque éste no puede sobrevolar el conjunto, verlo de un golpe de vista, al ser instado a prestar una atención independiente a multitud de ideas. Por haber de realizar muchos actos de atención, desconectados entre sí, va viviendo múltiples instantes temporales. Al cabo de un rato, tiene la impresión de que la actividad realizada ha durado mucho tiempo. Si mira el reloj, se asombra al constatar que este tiempo "subjetivo" -es decir, el tiempo que ha durado la conferencia para él- ha sido mucho mayor que el tiempo "objetivo" marcado por el reloj.

Cuando hayamos de preparar algún tipo de alocución -clase, conferencia, homilía, presentación de un libro...-, hemos de pensar que no basta rellenar el tiempo con palabras, por significativas que sean y por bien que las declamemos. Necesitamos un hilo conductor, una idea-madre que dé sentido, orden y ritmo interno al conjunto. Si, además, procuramos abordar el tema desde el principio, tal vez relatando una anécdota pertinente o citando una frase certera de algún personaje célebre, suscitamos el interés del oyente y prendemos su atención.
Intentemos, por ejemplo, explicar a unos jóvenes qué es la libertad. Partamos de las formas más elementales de libertad hasta llegar a la más perfecta, la libertad creativa, la libertad para el bien, la justicia, la bondad, la belleza. Veremos que los oyentes abren los ojos gozosamente al observar cómo se despliega ante ellos el abanico de los modos diversos de libertad, en perfecto orden según su rango:
1. La libertad de movimiento. Poder moverse es una forma de libertad básica. El niño en la cuna se mueve espontáneamente y, si algo se lo impide, se siente desazonado. Estar de alguna forma impedido o trabado nos causa un dolor muy hondo pues afecta a una tendencia primaria de nuestro ser.
2. La libertad de movernos por donde queramos. Si uno tiene libertad de movimiento pero sólo puede circular por un ámbito acotado, no se siente libre. No puede ejercitar ese tipo de libertad conforme a un proyecto personal. Puede caminar e, incluso, correr, pero con ciertos límites que le impiden trazar planes de acción en cada momento del día. Se siente penosamente trabado. Por eso los reclusos se sienten tan libres al ser excarcelados.
3. La libertad de realizar proyectos viables porque contamos con las posibilidades necesarias. Una persona puede disfrutar de los dos tipos anteriores de libertad pero es incapaz de ir a donde quiere porque le faltan para ello posibilidades de tipo económico, cultural o social. Cuando uno dispone de amplias posibilidades, se siente plenamente libre, en las tres acepciones del término libertad que hemos visto hasta ahora. El que ejercita estos modos de libertad tiende a identificar ser libre con no tener trabas. Es una idea de libertad que se basa en una negación.
4. La libertad de elegir entre diversas posibilidades en virtud de una meta que queremos y debemos alcanzar. La forma de libertad anterior puede reducir a esclavitud espiritual a una persona cuando ésta no cuenta con razones profundas que justifiquen la elección de unas posibilidades u otras. Si elijo solamente las posibilidades que me agradan, aunque me lancen al vértigo y me destruyan como persona, ejercito un modo de “libertad cautiva”. Soy libre para moverme por donde quiera, con el único fin de acumular sensaciones placenteras. Al hacerlo, pongo en riesgo mi crecimiento personal y me expongo a tal peligro de bloquear mi crecimiento personal que llego a preguntarme, con San Bernardo: “¿Quién me defenderá de mis propias manos?” La única defensa es la decisión de tomar distancia respecto a mis apetencias inmediatas y elegir en virtud del ideal auténtico de la vida. Este tipo de distanciamiento o desprendimiento supone un modo de libertad interior o libertad creativa; nos liberamos de la fascinación de las ganancias inmediatas y nos disponemos para crear una vida llena de sentido por estar consagrada a la búsqueda de la verdad y a la realización del bien y de la belleza.

Aquí comienza la verdadera libertad, una forma de libertad positiva que no se reduce a liberarse de trabas antes se dirige a realizar el ideal de la vida. Esta forma de libertad presenta diversos grados según la calidad del ideal al que tiendo y según mi modo de asumirlo en la vida.

- Tomo como ideal en la vida comportarme de acuerdo a las normas aceptadas en mi sociedad y me ajusto a ellas. Soy, por tanto, verdaderamente libre porque me distancio de mis apetencias particulares y me ajusto a criterios reconocidos como éticamente valiosos. Cumplo mis deberes y obligaciones, pero no los asumo interiormente; los tomo como una norma que me viene impuesta de fuera. Estoy obligado desde el exterior; no me siento vinculado interiormente al valor que se me presenta. No lo veo como algo valioso que me estimula sino como un deber que me coacciona. No soy todavía libre con libertad interior o creativa. Cuando visito a un familiar enfermo porque mi entorno social considera obligado hacerlo, soy libre frente a mis apetencias, pero todavía no tengo libertad interior. Estoy en cierta medida sometido a instancias externas.
- Si siento verdadero amor por mi familiar, asumo el deber de visitarle como una instancia impuesta por mi propia realidad personal, supero la sumisión a lo exterior a mí y gano cierta libertad interior. Yo mismo me impongo el deber de visitarle porque me siento vinculado a él, ob-ligado a él y a la necesidad de atenderle en su necesidad. Cumplo el deber de hacerlo con satisfacción; lo hago con espontaneidad creadora pues deseo crear con él esa relación entrañable que supone una visita afectuosa. Ya no hay imposición alguna sobre mí ni de fuera ni de dentro. Actúo en virtud del amor, energía interna que convierte el esfuerzo en una satisfacción. Cuando se cumple el deber por amor, se desborda toda escisión entre la interioridad y la exterioridad. Mi familiar no está allí y yo aquí; ambos formamos un mismo campo de juego, y sus problemas son mis problemas y sus gozos son mis gozos. He interiorizado el deber -como pedía Friedrich Schiller- y mi libertad interior ha ganado una calidad muy alta.
- En el horror de un campo de concentración, varios reclusos son condenados a muerte. Al entrar en el calabozo donde van a morir de extenuación, uno de ellos se despide sollozando de su mujer y sus hijos. Entonces, un prisionero se ofrece a morir por él. ¿Cómo se explica que exista una libertad interior capaz de distanciarse incluso del instinto de conservación? Sólo puede ser libre en tal grado quien esté tan entusiasmado con el ideal de la unidad que todos los valores -incluso el de la propia vida- queden supeditados a su logro.
Si exponemos así las diversas formas de libertad a los jóvenes, éstos quedan preparados para determinar en cada momento en qué medida pueden considerarse verdaderamente libres. Tienen una clave de orientación lúcida, y de ella pueden extraer pautas de conducta certeras.

c) La exposición de los temas ha de hacerse con vigor interno, como si uno los estuviera descubriendo por primera vez. Es indispensable evitar que lo dicho suene a consabido, pues ello induce a los oyentes a distraerse. Si un sacerdote comienza una homilía de boda recordando la conversión del agua en vino realizada por Jesús en Caná, invita a los fieles a relajar la atención, pues dicho tema se halla actualmente desgastado.

Resulta desaconsejable repetir rutinariamente frases hechas, por muy ricas de contenido y de alto abolengo que sean. Si queremos que el oyente se vea movido a convertirlas en vida interior, introduciéndose personalmente en el mundo espiritual que sugieren, debemos pronunciarlas "en estado naciente", como si estuvieran brotando para expresar el aspecto de la vida que deseamos promover. Por mucho que debamos repetir una idea -en las clases, en la catequesis, en las homilías, en los escritos...-, hemos de darles un sabor de pan recién hecho, al modo como los buenos actores jamás repiten su papel; lo crean siempre de nuevo. Ese carácter originario de cuanto se dice apela al oyente, que lo siente como nacido para nutrir su capacidad creadora.

d) Es más recomendable hablar de concepto que leer, ya que el estilo del lenguaje escrito es menos llano y familiar que el del lenguaje hablado, apenas invita a la comunicación cordial y da sensación de lejanía. En la misma medida hace difícil conseguir que la comunicación de contenidos sea ante todo una comunicación entre personas, y por tanto una apelación. Si me dirijo a ti para comunicarte algo que juzgo decisivo en la vida, deseo hacerte partícipe de ello para que te decidas a participar activamente de la riqueza que te ofrece.
Esta meta puede lograrse también con la lectura cuando se escribe el mensaje con el estilo propio de la conversación y se lo lee con soltura sin perder la comunicación con el oyente. El líder debe tener el sentido del lenguaje, conocer con la mayor precisión posible lo que implica ser locuente, descubrir el poder del lenguaje para dar densidad a los acontecimientos de la vida, ahondar en la relación de complementariedad que se da entre el lenguaje y el silencio.


             
Meta del líder dar pleno sentido a la vida humana
1. La comunicación del líder debe tender a dar claves lúcidas de orientación para la vida. El que se siente guía de otros no se limita a llenar huecos en la programación de las instituciones en que colabora: periódico, liturgia, centro escolar... Su obligación diaria le exige realizar ciertas actividades más o menos rutinarias, pero antes de hacerlo se pregunta de qué forma puede ayudar, a través de ellas, a sus oyentes o lectores. Y se las ingenia para ofrecer valiosas claves de orientación sobre los asuntos que haya de tratar. Esto le resulta posible si vive en estado de búsqueda, de ahondamiento en los grandes temas de la vida, de clarificación del sentido de la existencia. Si a lo largo de la vida pienso una vez y otra en el sentido de la amistad y del amor conyugal, no me resulta difícil elaborar un esquema para una sugestiva homilía de boda. El profesor de filosofía que asume a diario el mensaje platónico de la existencia de las "ideas" -la belleza, la justicia, la bondad...- está bien dispuesto para exponer su pensamiento de modo tan vivaz que los alumnos se sientan interpelados y sepan a partir de ese momento dar a su vida una profundidad inédita…

2. El buen líder aprovecha todas las ocasiones para entusiasmar a los demás con cuanto estima valioso. El dominio de las formas de expresión es de gran utilidad para el líder pero no suficiente, ya que su meta no consiste en ser un profesor que imparte clases impecables, un conferenciante que suscita asombro en el público, un articulista sugestivo...; radica en orientar a los demás por un camino de madurez y plenitud. Las claves de orientación pueden darse con una simple frase, sin necesidad de pronunciar un sermón o una conferencia. Pero esa rapidez no indica que sea fácil hacerlo con discreción, soltura y eficacia. Si quiero tener la madurez necesaria para que súbitamente se me ocurra una idea que clarifique una situación difícil y oriente a quien la padece, debo prepararme con tiempo.
Tal preparación es la tarea que quiere realizar el proyecto formativo "Escuela de Pensamiento y Creatividad", iniciado en 1987 con el nombre de "Proyecto Líderes". El líder tiende a irradiar luz, porque tener claridad de ideas es un gran bien, y el bien se difunde por sí mismo. Además, si es un líder de la unidad, rehuye por principio acaparar el bien que es el conocimiento y la sabiduría; lo hace circular, porque -como bien dijo un maestro de la vida del espíritu- "lo que no circula no se convierte en amor".

3. El líder se cuida de estar al día en cuestiones bibliográficas, a fin de orientar a los demás. La labor de guía se ejerce de modo muy eficiente cuando se abre a los demás el tesoro de enseñanzas que contienen ciertos libros, cursos, conferencias, películas, exposiciones, conciertos... No pocas personas cambiaron el rumbo de su vida por haber entrado en contacto con la obra de autores que les abrieron horizontes de vida espiritual insospechadamente rica. Nadie sabe el bien que podemos hacer a los demás por el simple hecho de recomendarles un buen libro, una película valiosa, una exposición relevante, un curso fructífero...

La fuerza persuasiva de la verdad
Si tienen en cuenta estas recomendaciones, los líderes verán multiplicada su eficacia, aunque no sean especialmente brillantes. En definitiva, lo verdaderamente persuasivo no es tanto la elocuencia del comunicador, sino la fuerza de convicción que encierran las claves de orientación que ofrece, la riqueza de las realidades que pone al descubierto, la excelencia de los acontecimientos que describe. Por eso, el afán del líder es hacer de tal modo patente lo que desea comunicar que el destinatario entre en relación de presencia con ello y quede instalado en su área de influencia.
Lo que otorgó a Romano Guardini su gran poder de persuasión ante una juventud exigente fue su amor incondicional a la verdad y su decisión de vivir en ella y de ella.

Todos podemos y debemos ser líderes
Crecer es ley de vida, tanto en el aspecto fisiológico como en el espiritual. Debemos elevarnos cada día un poco más a niveles superiores de realización. Para ello hemos de afinar nuestra sensibilidad para lo valioso, incrementar nuestra capacidad de asombrarnos ante lo excelente, cultivar la belleza, perfeccionar nuestros recursos para hacer el bien.
Esta forma de crecimiento espiritual nos dispone para promocionar la vida personal de los demás y, derivadamente, la de toda la comunidad. Tengamos en cuenta que las personas crecemos comunitariamente, colaborando a crear tramas de ámbitos. Si, al relacionarnos con otros ámbitos de realidad -personas, instituciones, obras culturales...-, contribuimos a perfeccionarlos y crear ámbitos nuevos de mayor envergadura, nuestro crecimiento como personas y como miembros vivos de una comunidad es sorprendente.
Esta idea, bien clarificada y sopesada, alberga una riqueza suficiente para fundamentar toda una Ética del liderazgo, tema decisivo que debiera ocupar un lugar preferente en los estudios sobre el hombre.



EVALUACIÓN II

EVALUACIÓN  II OPTATIVO: MIRADAS DEL CINE: LÍDERES POR LA PAZ. PROFESORA: ANA MARÍA MADARIAGA MEZA AÑO 2017 SEMESTRE II RUT...